SIC TRANSIT GLORIA MUNDI
LA GLORIA EFÍMERA
Elena Conde Guerri
Los recientes funerales de la reina Isabel II nos han conmovido a todos de una u otra manera. Retransmitidos al mundo global bajo la impecable maestría de la BBC, difícil sería encontrar en los últimos tiempos una exhibición tan fastuosa con la que se cerraba toda una época. Los que tenemos el privilegio de la edad, revivíamos a Churchill y a la Commonwealth. Los más jóvenes, quizá, se habrán quedado atrapados por las ceremonias y cortejos solemnes y coloridos donde nada quedaba al azar. En verdad, era historia. La historia de una soberana que vivió en carne propia décadas decisivas en la consolidación de Europa sin abandonar jamás los rituales del té de las cinco, rodeada de sus corgi junto a su simbólico maletín de piel roja. Pienso que el pueblo británico quiso reconocer todo eso, el peso del devenir y la gestión devotísima, a pesar de que el Imperio Británico ya es pasado y de las reprochables peripecias familiares y los probables desaciertos políticos más o menos disimulados.
Una lectura más trascendente se nos ofrece al pensar quién reposaba en ese féretro coronado. Mortales y transitorios son la gloria, el honor, las joyas y riquezas, el poder, los ambones, los escabeles y los estrados, la juventud y la belleza. Aunque desde siempre los que ejercieron el poder en las sociedades antiguas, esencialmente el poder absoluto, quisieron que tras su muerte su obra se perpetuara de algún modo con hechos e imágenes sensibles e impactantes que se grabasen en la emoción colectiva, en la consciencia generacional de los vivos como testimonio de una gestión estatal imperecedera. Los fastos fúnebres mencionados me han dado que pensar y he releído los funerales de Cornelio Sila, allá por el 78 a.C. Sila fue uno de los personajes más importantes de la Baja República romana y que, en los episodios trágicos, desordenados y sangrientos propios de estas décadas, tuvo la hábil inteligencia política para constituirse en Dictator y cerrar el ciclo aun practicando la dureza. Bien lejos de mi el intento de compararlo con líderes de la actualidad. Cada etapa de la historia responde a sus propios estímulos, a veces complejos y alejados de nuestra sensibilidad actual. Existe, no obstante, un punto de similitud en los fastos fúnebres de Sila y en los de la Corona británica, sea porque todos los estamentos del Estado estuvieron representados y también los amigos particulares que habían sustentado su régimen en el propósito de exaltar la unidad institucional. Dice el historiador Apiano en su Historia Romana I, 105 ss. que “ harto de guerras y de poder”, Sila se había retirado a vivir en sus posesiones junto a Cumas, en Campania, y allá le sorprendió la muerte. Su cadáver, sobre un lecho trabajado en oro y con categoría real, fue transportado lentamente hasta Roma en un cortejo sin precedentes precedido de las fasces y los símbolos del poder que había ostentado en vida. Dos mil coronas de oro como pleitesía de las ciudades, de las legiones que habían servido bajo su mando y de sus amigos más íntimos, precedían al féretro escoltado a su vez por representantes de los Colegios sacerdotales de ambos sexos, el Senado en pleno, el orden ecuestre y el ejército. Los trompeteros acompañaban a su vez interpretando marchas lacrimosas propias del acontecimiento. El orador más sensacional del momento pronunció su laudatio fúnebre, ya en el Campo de Marte. Jugando con el tiempo que avanza imparable, no necesitamos mucha imaginación para reanimar imágenes presentes: la Guardia real con los vistosos uniformes rojos, el cortejo perfecto y acompasado regido por el más exigente protocolo, el gaitero real con su treno, las solemnes exequias en Westminster y así seguiríamos. Todo un símbolo. También de lo efímero pese al tejido de púrpura presente en la corona.
Los símbolos, ahí quiero llegar. Comprendo que las nuevas generaciones, por decirlo así, rehúyan interpretarlos porque son ágrafas en ello salvo excepciones. El símbolo perdura, sobre todo cuando su significado toca lo perdurable. La pompa externa se va desvaneciendo, pierde impacto como las fotos que amarillean con el tiempo. El recuerdo de la persona per se y sus obras prevalece, con independencia del juicio de valor sobre ellas. Y por encima de todo, la muerte física nos desvela con descarnado realismo que estamos encadenados unos a otros en la paridad de lo terrenalmente efímero. El siglo XVII español supo mucho de esto. Cuando nuestro Imperio se iba debilitando, invadió a los hombres el oscuro sentimiento de la fugacidad de la vida y de la onerosa e inútil sumisión al boato. Un pesimismo agudo pero inteligente y real a la vez que plasmó, como un ejemplo que me parece sublime, el pintor Juan de Valdés Leal . De obra inmensa, cito aquí los lienzos del llamado Memento mori, “recuerda que has de morir”, para la Iglesia del Hospital de la Caridad de Sevilla. Son conocidos y no quiero insistir. Impresionantes, quizá nunca antes se recreó con tanta pasión, morbo incluido, el tributo de la muerte física, la putrefacción y la repugnante desolación. El esqueleto implacable domina todo y las dos balanzas sostienen respectivamente los pecados capitales y los objetos que pueden vencerlos en una simbólica psicostasia impresionante. El simbolismo de la icónica siempre ha impactado, máxime en sociedades donde gran parte de la población era analfabeta e, incluso, en el momento actual ávido de historia y de literatura de calidad. Admitida por ello la pretensión de los recientes funerales regios, una especie de catequesis secular y cinematográfica cuyo mensaje debe ser (aunque no lo pretendiera, lo ignoro) que la muerte nos equipara a todos y nos enfrenta al momento de nuestra verdadera trascendencia. Al igual que, tiempo atrás, el Duque de Gandía lo comprendió tan profundamente al contemplar el cadáver de Isabel de Portugal, esposa de Carlos V, que volteó su vida y, profesando en la Compañía de Jesús, alumbró a San Francisco de Borja.
Harto y hartos de guerras, de poder, de prebendas fatigosas, del peso ineludible de las coronas … qué actual en estos momentos dolorosos y complicados de la realidad de Europa y del mundo. Tal como, dando un salto enorme en el tiempo, la proverbial frase de San Juan Crisóstomo, Obispo de Constantinopla fiel a la ortodoxia y sabio y sufriente entre las peripecias de fin del siglo IV del Imperio: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”. Como cristianos, debemos perseguir, es más creo que estamos obligados a intentar un ejercicio de desprendimiento progresivo de las materialidades quiméricas que nos atan, que nos arrastran a los atajos que apresuran la llegada a los caminos engañosos. No sólo las personas consagradas. También los laicos de a pie. Octubre está salpicado del ejemplo de santos inmensos pero, probablemente, San Francisco de Asís sea el más sublime y el más universalmente venerado. En un Blog anterior, se ha glosado la figura y obra del Prof. Franciscano P. Fernando Uribe (+) en su estudio profundo sobre los carismas del Santo de Asís. Elijo y propongo uno en sus palabras: la des-apropiación. Pero no banal, como un mero ejercicio de yoga. La desapropiciación en la kénosis de Cristo porque sólo así sentiremos “vivir a Dios como el único absoluto de la vida”.
