SALOMÉ: LAS SEDUCCIONES LETALES
FRENTE AL PUDOR SALVÍFICO

Elena Conde Guerri
En estas fechas previas al Gran Acontecimiento que cambió el viaje de la humanidad, y al contemplar la figura del Bautista en los Evangelios, he descubierto repentinamente que los hechos maravillosos centrados en el gran Misterio teológico del Amor parecen como tutelados por el silencio y la austeridad, por una normalidad silente que suele ser la más fecunda frente al exhibicionismo, el vocerío y la ostentación marcada por las sensualidades varias. Pero que también, paradoja aparente, escenas y personajes circundantes participan de estas últimas. Probablemente, no sea yo la única en estas reflexiones pero las traigo aquí de buen grado.
En los textos Evangélicos el Precursor es una figura admirable vinculada estrechamente a Cristo en su misión específica. Lo hemos releído hace poco en la liturgia. En su escenario vital existe, no obstante, una figura femenina que aunque no se menciona en los Evangelios dominicales de Adviento y aparentemente se percibe como secundaria, casi una figuranta, trascendió en la consideración de la exegética y en la iconografía precisamente porque se prestaba al juego de los contrarios. Me refiero a Salomé. Su mención es breve en los textos neotestamentarios y tampoco es la protagonista absoluta de un episodio narrativo. ((Mt 14, 1-12. Mc 6, 14-29, el más extenso y pictórico. Lc 9, 7-9, apenas un escueto roce a posteriori). Lo más curioso es que los Evangelistas ni mencionan su nombre. ¿Qué puede haber más impersonal o carente de identidad que una persona anónima?. Será curiosamente un judío helenizado de final del siglo I de nuestra era, Flavio Josefo, quien la identifique con este nombre cuando está relatando la historia de esta dinastía de reyes Idumeos, bastante helenizados e incrustados un poco a contrapelo en estos territorios sometidos a Roma por exigencias de la diplomacia y la conveniencia. (Antiq.Iud. 18, 5). Salomé era hija de Herodes- Filipo I y de Herodías, la cual se unió después ilícitamente al hermano de su marido, es decir a su cuñado Herodes Antipas, con el agravante de que los cónyuges de ambos todavía vivían. Tal conducta, por pecaminosa, provocó en seguida la reprobación de Juan el Bautista como de todos es sabido. A pesar de sus invectivas y de que ya lo había encarcelado presionado por Herodías, Herodes Antipas sentía hacia el Bautista unas pulsiones, como ahora se dice, bastante peculiares: una mezcla de temor por razones varias entre las que entraba no enfrentarse a los judíos, que seguían al Profeta, y una disimulada admiración por aquel hombre justo, valiente y austero a quien tenía por santo. Pero la ocasión de eliminar al hombre de Dios llegó, quizá sin haberlo programado, el día del cumpleaños del rey. En mitad del aturdimiento que suponían los banquetes de entonces, Salomé bailó para él y tanto le complació que, bajo el previo juramento ante su corte, los representantes de Roma y los comensales, tuvo que cumplir la petición muy a su pesar. Pues su orgullo, su poder y su soberbia pesaban mucho más que la cabeza del Bautista y él ya se había dejado enredar entre las seducciones corporales de una jovencita que, a decir de casi todos los textos, no pidió tal trofeo por iniciativa propia sino por la orden y la inquina homicida de su madre Herodías.
Salomé se convirtió así en un instrumento de perdición, en la sentencia letal que eliminó al Precursor. Yo también pienso que actuó más abducida por su madre que por su libre voluntad aunque, como resulta comprensible, su persona fue muy pronto lacrada y captada por los autores de las más diversas disciplinas creativas que, según sus valores, mentalidad y época histórica, realzaron en ella lo que parecía más obvio. El arma de la seducción, implícito a la naturaleza humana, siempre atrae. El protagonismo de la que en principio “no tenía nombre” se alargó durante siglos. Las personas interesadas pueden rastrearlo con facilidad. Desde el maravilloso Evangeliario o Codex Sinopensis del siglo VI ( en la Biblioteca Nacional de París) llamado así porque se encontró en la ciudad de Sínope, hoy litoral de Turquía, y cuya ilustración historiada recrea secuencialmente el relato de Marcos y Salomé, vestida de un azul intenso, parece más bien una contorsionista, pasando por el capitel historiado de una de las columnas del claustro de la Catedral de Tudela, de final del siglo XII, puede llegarse hasta la pintura moderna. Por ejemplo, el lienzo de Tiziano, en que aparece con la cabeza del Bautista (Galería Doria Pamphili); o mucho más reciente, el de Henri Regnault con el toque del estilo romántico de mitad del siglo XIX en que la moda demandaba lo exótico y lo oriental ( Museo Metropolitano de Nueva York).
Sin embargo, yo destacaría la creación literaria del irlandés Oscar Wilde en su tragedia Salomé porque, a mi entender, fueron las palabras escritas las que más esculpieron el prototipo vinculado a la fantasía de los siete velos y detalles similares, tan explotado en las películas oportunas como la dirigida en 1953 por el alemán William Dieterle y donde la malvada seductora se metió en la piel de Rita Hayworth, actriz de origen español si lo recuerdan. Volviendo a Wilde, esta obra, bastante breve, muestra al Precursor como un loco emisor de mensajes incomprensibles para aquellas gentes; a Herodías como enemiga del Precursor, machacona en sus frases iterativas de desprecio, pero menos agresiva; a Herodes, como a un voluptuoso sin orden moral ninguno, ahogado en el lujo indolente y en el poder, pero débil y manipulable. Y a Salomé, obviamente, como enamorada perdidamente de Juan pero no con el amor fecundo sino con el pasional ávido e inmediato. Su deseo por Juan se expresa en poéticas secuencias descriptivas del cuerpo del Profeta con clara influencia del Cantar de los Cantares, a mi juicio. Pero él la rechazará como “a hija de Babilonia” y esto provocará que sea la joven quien directamente, sin ser una marioneta de nadie, pida a su padrastro la ejecución. Todas sus palabras, todo su arte serán su instrumento convincente hasta que el rey ceda tras el espectáculo y la cabeza sea un trofeo. Fuera de la recreación literaria, la obra quiere trasmitir un mensaje: la concupiscencia de la mirada que en sí misma puede ser más transgresora y culpable que la voluptuosidad de lo que se le ofrece. Personajes secundarios de esta tragedia (ya que su autor quiso que al final Salomé muriera por orden de Herodes al considerar éste que se había ajusticiado a un justo) como los sirvientes, insisten en “la miras demasiado. Es peligroso mirar a la gente de esa manera. Puede suceder algo terrible” o la afirmación de que “la mirada concupiscente de Salomé hacia el Bautista provocó en ella la pérdida de la virginidad”, todo un símbolo complejo, empujan a la conclusión de la conveniencia de la contención de los sentidos porque todos sus “pathos”, en el sentido original del término, pueden ser nocivos si se desbocan. Un mundo, en suma, errático, ausente de moderación y de intrínseca dignidad donde las palabras lanzan mensajes ofensivos y agresivos y donde los actos carnales imposibles en vida se realizan tras la muerte, ya que Salomé besa “los labios de amor amargo de la cabeza del Bautista”.
Los Padres de la Iglesia de final del siglo IV sabían mucho de estas cosas, de necrofilia, de supersticiones, de idolatrías e incontinencias que campaban en esa sociedad de fondo aún pagano que ellos con todas sus fuerzas contribuyeron a evangelizar y purificar. Cito sólo a San Ambrosio, Obispo de Milán, que en sus numerosos escritos ensalzó la castidad y también la virginidad, incluso en Tratados específicos, como unas de las virtudes más excelsas amadas por Dios, no idénticas pero enraizadas ambas en la templanza que sí es una virtud cardinal. El mundo nuevo requería un código moral nuevo, donde el silencio del cuerpo en oración absorbiese la palabrería y gestos seductores. Y es aquí donde brilla la figura de otra jovencita, antítesis de Salomé y de su mundo. La de esa adolescente virginal, discreta y casi escondida en un pueblecito también discreto, ajeno a los placeres e intrigas cortesanas. Ésta sí que tiene nombre y su nombre, María, testificado por los cuatro Evangelistas y toda la literatura al uso, será conocido y pronunciado en todo el orbe a través del tiempo aunque ella fuese silente desde el primer momento teofánico a través del mensajero. La pudorosa doncella, a pesar de su sorpresa y su conmoción interior, no se mueve, no apostrofa ni exige nada, no habla hasta el momento oportuno y sus palabras “ He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra” (Lc 1, 38) hicieron posible el milagro de que la Palabra se albergase en su vientre purísimo para ir creciendo allí dentro, como en un nido cálido, orante y precioso que quiso y supo “conformarse en todo a la voluntad del Padre”, en palabras del Papa Francisco. María fue también un instrumento, pero de Dios. Me emociono mientras lo escribo, lo confieso. Ójala que muchos, todavía ignorantes, puedan llegar a intuir al menos la grandeza de María Nuestra Madre. Huidiza del esplendor y los lujos placenteros de entonces y de los consumistas que se nos han metido en una Navidad mayormente desacralizada con intención, su resplandor puede iluminar hasta el agujero del corazón más oscuro. En la obra de Wilde se invocaba frecuentemente a la luna, cándida, hechicera y brillante. Nosotros no lo necesitamos. Invocamos a María, que la tiene bajo sus pies mientras el sol es su vestido y el fulgor de las estrellas su corona (Ap 12) como Reina de cielos y tierra. Una Reina que nunca se exhibió, que hasta en los momentos más crueles de su existencia no gritó, pero que siempre estuvo, esperó sin desfallecer y, con la alegría del corazón que se sabe bendecido, oró infatigable en el amor de de la Esperanza. Sin Ella nunca habría habido Navidad.
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