Ética y vida pública

Pedro Ortega Ruiz
Hace varias décadas el sociólogo francés A. Touraine hablaba de la crisis de las instituciones de la sociedad occidental. Las jóvenes generaciones no se sentían representadas por ellas. Hoy podemos decir lo mismo. La brecha que las separa no ha hecho sino agrandarse. La Iglesia, partidos políticos, organizaciones sindicales, la escuela, la familia no han encontrado su sitio adecuado para recomponer cauces de diálogo y de comprensión entre ambas partes. Y no se trata de asumir acríticamente lo que venga de nuestros jóvenes, ni de imponer nuestra visión del mundo propia de los mayores. Los valores éticos no se imponen, se proponen y se muestran desde la coherencia entre la palabra y la conducta. No se educa en tierra de nadie, en el vacío. Detrás de una propuesta educativa debe haber, necesariamente, un referente ético que sea garante del valor que se propone. Y no basta el testimonio de individuos aislados, aunque sea necesario, es indispensable el testimonio de una sociedad que hace suyos esos valores éticos. Nadie vive encerrado en una burbuja aislado de su entorno. La influencia del medio social nos condiciona hasta límites insospechados. Si como decía Ortega y Gasset: “yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”, no se puede entender al ser humano sin su contexto o circunstancia que le condiciona y le define. El hombre es un ser “adverbial”, inseparable del cuándo, cómo y dónde. Sin contexto no hay ser humano, y tampoco educación posible. Esta afirmación nos lleva a indagar en una de las características que definen a nuestra sociedad: la crisis de sus instituciones.
¿Qué hacer? No basta con lamentarse, ni con la denuncia, por otra parte necesaria, del estado escasamente ejemplar del conjunto de nuestras instituciones. Es indispensable un rearme ético del conjunto de la sociedad que posibilite la regeneración ética de nuestras instituciones. Éstas no han caído del cielo; han nacido del seno de nuestra sociedad. De ellas, y de su situación también nosotros somos responsables. El nivel ético de las instituciones es el reflejo de la sociedad. Cada comunidad tiene las instituciones que ella misma ha generado. Y no hay que mirar hacia otro lado, sino al interior de nuestra sociedad y preguntarnos por “lo que nos está pasando” y por qué hemos llegado hasta aquí.
Lipovetsky en su obra La era del vacío subraya el aislamiento del individuo como la característica que mejor define a la sociedad actual. Es un individuo que ha hecho de su mundo la única realidad existente. No hay lazos de solidaridad que le vinculen con los otros, ni sentido de responsabilidad hacia los asuntos públicos. El interés particular se convierte en el único principio moral que orienta la conducta personal. Ello conduce inevitablemente a un relativismo moral que hace imposible establecer reglas de conducta asumidas por todos. En tal situación, la vida social aparece gobernada por una amalgama de intereses particulares en la que se imponen los grupos de poder económico, político y mediático, y con ello se instaura la desigualdad, la manipulación, la arbitrariedad, la corrupción… Nada escapa a este control. Incluso las manifestaciones de independencia y autonomía de ciertas organizaciones sociales solo son permitidas mientras no pongan en riesgo la supremacía del sistema imperante. Forman como dos mundos paralelos que jamás interfieren en su actividad. Cada “mundo” vive encerrado en sí mismo sin otro objetivo que perpetuarse y salvar sus intereses.
Salir de esta espiral de violencia institucional organizada es extremadamente difícil. La denuncia y la protesta es fácilmente ahogada y silenciada por una red de medios de comunicación al servicio de quien detenta el poder. Romper este muro protector del poder económico y político empieza por deslegitimar al propio sistema sacando a la luz sus contradicciones y denunciando los medios a través de los cuales ejerce el dominio sobre el conjunto de la sociedad, empezando por sus instituciones. El rearme ético exige empezar a pensar que es necesaria “otra manera” de construir una sociedad más pensada sobre la justicia, la equidad y la solidaridad que en el lucro y el enriquecimiento a costa del bienestar del otro. Implica educar a las jóvenes generaciones a partir de otro concepto de la ética, que no sea la idea del bien y del mal la que nos lleve a una conducta moral, sino la situación del ser humano concreto que nos demanda una respuesta inaplazable. Las “bellas ideas”, con frecuencia se han quedado solo en eso: en “ideas” que no se han plasmado en una respuesta concreta a la situación de necesidad del ser humano herido junto al camino. El buen samaritano del pasaje evangélico no perdió el tiempo buscando argumentos para atender al hombre herido. Solo atendió a la voz de su conciencia, a sus entrañas movidas a compasión ante el sufrimiento de otro ser humano. La ética de la Ilustración ha sido una barrera demasiado frágil para hacer frente a la barbarie de antes y de ahora.
La tarea de regeneración ética debe abarcar al conjunto de la sociedad, pues es la sociedad o tribu la que educa. Esta tarea de regeneración ética debería incidir en un aspecto que considero indispensable: Incidir en la ética como responsabilidad ante el otro y del otro. La responsabilidad en Levinas no tiene como referente a un ser ideal, imaginario; no es un principio abstracto, universal (todos los humanos somos iguales en dignidad) quien mueve al individuo a una conducta ética. Quien nos interpela es un ser sufriente, necesitado de ayuda y de acogida, de compasión solidaria. La responsabilidad en Levinas no es una revelación “misteriosa”, ni una información o conocimiento, sino mi exposición ante los otros necesitados de ayuda y cuidado, previa a cualquier decisión fruto del ejercicio de la razón; es una tensión extrema del mandato ético que el otro ejerce sobre mí, mandato anterior a toda elección por mi parte; es un “Heme aquí” indeclinable ante la autoridad del rostro herido del otro que se resiste a toda argumentación. Pero el otro necesitado de compasión en Levinas no es solo el hombre herido físicamente, o el hombre abandonado y excluido de la sociedad. Todos somos seres necesitados de ayuda. El ser humano es un ser estructuralmente necesitado de compasión. La limitación y la contingencia, el dolor y la muerte son nuestro equipaje del que no nos podemos desprender.
La ética no es un añadido más a la condición humana, forma parte de su estructura radical. Tampoco debiera ser un adorno prescindible de nuestra sociedad. La ética es lo que diferencia una sociedad humanizada de otra en la que predomina la inhumanidad. Prestar oídos a “lo que está pasando”, buscar los intereses comunes y dejar en un segundo plano los intereses particulares, promover la fraternidad responsable en las relaciones interpersonales y en el ejercicio de la función pública, son condiciones que favorecen la convivencia justa y pacífica entre todos los que conformamos una comunidad. Buscar una sociedad justa y pacífica no debería ser un objetivo inalcanzable, o un brindis al sol. Si eliminamos la utopía de la vida humana la reducimos a un simple ajuste de resultados previamente planificados. Y la vida humana sobrepasa toda previsión. El ser humano es un ser de sorpresas. Construir una sociedad justa y pacífica es tarea de todos, implica el compromiso ético de todos. “Todos los hombres son responsables unos de otros, y yo más que ninguno”, escribe Levinas, citando a Dostoievski. El rearme ético que reclama nuestra sociedad exige, a su vez, ejemplaridad y testimonio en aquellos que ejercen la representación ciudadana. Ellos no pueden sustraerse de esta responsabilidad. Están elegidos para hacer que las instituciones públicas sirvan al bien común sobre la base de la justicia y la equidad. La corrupción, el engaño y la mentira, el incumplimiento de la palabra dada, cuando afectan a los que ostentan la responsabilidad de dirigir las instituciones públicas, no solo degradan a éstas sino a la misma sociedad. Es el individuo quien se ve desamparado e inerme para defender sus derechos; es la sociedad entera la que se hunde en la incertidumbre y la perplejidad ante conductas reprobables de aquellos que, en su día, prometieron ejemplaridad en el ejercicio de sus funciones. La autoridad ético-moral debe acompañar en todo momento al ejercicio de la función pública. Cuando se pierde esta autoridad (ejemplaridad), la palabra y la conducta de quien ejerce esta función devienen en una farsa, en una tragicomedia con efectos perversos para la ciudadanía. Sin instituciones públicas ejemplares, que hacen de la ética la norma de su conducta, se cae en el autoritarismo, en la tiranía silenciosa ejercida por aquellos que, supuestamente, defienden el bien común. La historia, de antes y de ahora, nos ofrece elocuentes ejemplos de ello.
El otro siempre nos sale al encuentro, siempre pregunta por lo suyo. Soslayar la pregunta del otro, olvidar la responsabilidad que adquirimos ante todos cuando asumimos una función pública significa hacer dejación de aquello que más radicalmente caracteriza al ser humano: ser responsable. Levinas lo explica de un modo muy pedagógico a propósito de la respuesta de Caín a Yahvé después de matar a su hermano Abel: “No hemos de interpretar la respuesta de Caín como si él se burlase de Dios, o como si respondiese como un niño: “no he sido yo, sino otro”. La respuesta de Caín es sincera. En su respuesta falta únicamente lo ético; solo hay ontología: yo soy yo y él es él. Somos seres ontológicamente separados”. Hay en nuestra sociedad demasiadas actitudes y respuestas que responden a una concepción ontológica del ser humano. Sería deseable que abundase más la ética en nuestras relaciones con los demás, y menos la ontología cainita.