IV Domingo T.O.

Oración colecta

Señor y Dios nuestro, concédenos honrarte con todo el corazón y amar a todos con amor verdadero. Por nuestro Señor Jesucristo.

Hay que estar atentos a esta primera oración con la que iniciamos la celebración de la Eucaristía. Pedimos a nuestro Buen Dios que nos conceda ser fieles al programa de nuestra vida cristiana: amarle con todo el corazón. Amor que es adoración, reconocimiento de que Dios es absolutamente siempre el primero. La prioridad en nuestra vida es el Dios viviente.
Si vivimos bajo la mirada amorosa de Dios y dentro de su amor; si nuestro obrar se inspira en el suyo; si lo contemplamos como Padre que siempre nos ama, el mandamiento del amor que Jesús nos dejó como tarea de todos los días, entonces todos somos hijos de un mismo Padre, y, en consecuencia, todos somos hermanos, y nuestro amor no debe ser de sentimiento, sino real, manifestado con las obras. Así sea.

Oración sobre las ofrendas
Padre, presentamos ante tu altar los dones de nuestra entrega; te rogamos que los aceptes con bondad y los conviertas en el sacramento de nuestra redención. Por Jesucristo, nuestro Señor.

            Los dones de pan y vino los hemos recibido de Dios. Sin embargo, no nos debemos  conformar con ofrecer solo estos dones. Hay más regalos en nosotros que vienen de Dios: la vida, la libertad, el amor, la salud, la felicidad…; también éstos deben ser ofrecidos. Dice San Francisco: «Restituyamos todos los bienes al Señor Dios altísimo y sumo, y reconozcamos que todos son suyos y démosle gracias por todos ellos, ya que todo bien de Él procede» (RegNB 17,17).

«Loado seas, mi Señor,
por la hermana luna y las estrellas,
en el cielo las has formado
claras y preciosas y bellas»
(San Francisco de Asís, Cántico 5)

Oración después de la comunión
Alimentados con el don de nuestra redención, te pedimos, Padre, que con este auxilio de salvación eterna se acreciente siempre en nosotros la fe verdadera. Por Jesucristo, nuestro Señor

Terminada la comunión nos ponemos en situación de silencio. Estos breves minutos de silencio, no deben ser de espera obligada hasta que el ministro del altar nos invite a  levantarnos porque ha llegado el momento de concluir la celebración. Bueno es que tengamos preparados nuestra mente y corazón para aceptar lo que Jesús quiera decirnos  y darnos. Y hoy, la Iglesia toda le pide un crecimiento continuo en la  fe verdadera que nos defienda de los errores que a menudo nos acechan. La Eucaristía, fuerza de Dios para sus hijos, la cual recibimos porque en Jesús hemos puesto nuestra seguridad, es el mejor remedio que tenemos para seguir firmes en la fe, regalo de Dios.

Señor, nuestra gloria es alabarte;
no quede yo defraudado tras haberte invocado.

 

 

 

 

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