La Biblia

por Ernestro Trenchard

Definición

El título «Biblia». El vocablo «biblion» en el griego helenístico significaba «un libro» (bien que originalmente era un diminutivo), y «biblia», el número plural de «biblion», llegó a aplicarse a la colección de libros reconocidos como partes integrantes de las Sagradas Escrituras. Pasando el tiempo, los cristianos, frente a la manifiesta unidad de la revelación escrita y olvidándose de la gramática, empleaban «biblia» como sustantivo femenino singular, de donde viene el término LA BIBLIA. Sin embargo, es importante recordar que LA BIBLIA constituye una pluralidad de «libros», formando una divina biblioteca. Cuando se trata de la exégesis, la exacta interpretación de la Biblia, hemos de tener en cuenta tanto la unidad del Libro en su totalidad como las características especiales de cada uno de sus componentes. Mucho de lo expuesto en el estudio anterior tiene que ver con la Biblia, y no necesita repetirse. Para el creyente fiel la Biblia es la Palabra de Dios escrita, el perfecto engaste de la joya céntrica: la figura divina y humana del Verbo de Dios encarnado. Conjuntamente forman la sustancia y la cúspide de la revelación que Dios ha dado a los hombres por el método, ya estudiado, de la inspiración.

La Palabra de Dios escrita

  1. ¿Es posible probar que la Biblia es la Palabra de Dios?

Desde luego, al declarar que cierta colección de libros, que surgieron de las experiencias de Israel primeramente y luego de la Iglesia del primer siglo, constituye «la Palabra de Dios escrita», hemos de esperar que alguien diga: «¿Cómo podéis saber eso? ¿En qué se diferencia la Biblia de los escritos sagrados de la India, Persia, del Corán, etc.?» Si citamos versículos de la Biblia misma, como aquellos que ya hemos estudiado en el capítulo anterior, el contrincante puede decir: «No podemos fiarnos del testimonio que la Biblia da de sí misma, pues equivaldría, por ejemplo, a aceptar la pretensión de cualquier ciudadano de ser médico. En tal caso exigiríamos el testimonio de otros, y la presentación de documentos fidedignos. De igual modo queremos saber cómo podemos aceptar la «inspiración» de la Biblia por textos de prueba sacados del Libro mismo».

Para personas que no hayan experimentado la potencia divina de la Biblia, estas objeciones son legítimas, y debiéramos poder explicar nuestra fe en esta parte.

  1. El testimonio interno de las Escrituras

Si el Espíritu Santo nos dio la Biblia por los medios que hemos examinado en el estudio anterior, el mismo Espíritu es capaz de llevar al corazón del lector humilde (que de veras busca a Dios en la Palabra) la convicción de que existe una diferencia esencial entre la sustancia de la Biblia y la de cualquier otro libro, por valioso que éste sea dentro de su propio cometido. «Arden los corazones» de quienes meditan en la Biblia con oración, prestos a oír lo que Dios les ha de decir, y se producen marcados cambios en su vida. Esto no es «la fe del carbonero», sino el reconocimiento de un valor espiritual único. No toda la Biblia es fácil de comprender, y no todos los pasajes nos proveen de la misma clase de alimento espiritual, pero el estudiante de las Escrituras, que adopta la actitud que hemos notado, llegará a comprender que existe un propósito divino en todas las partes de la Biblia, percibiendo su unidad esencial pese a que se escribió a través de casi un milenio y medio, por muchos autores humanos, impulsados por diversas razones y en circunstancias muy diferentes. Este principio se subraya en la mejor traducción de (1 Co 2:13) que es la siguiente: «Enseña el Espíritu acomodando lo espiritual a lo espiritual».

  1. Se comprende la autoridad de la Biblia por medio del Verbo encarnado

No hemos de conceptuar las Sagradas Escrituras como una línea horizontal, que empieza con el libro de Génesis y termina con el Apocalipsis, sino más bien como una esfera de revelación de la cual Cristo es el Centro. Pensemos en un círculo, en el que la curvatura de todos los segmentos de la circunferencia se determina en relación con el centro.

El que se acerca a la Biblia sin nociones previas sobre su inspiración, debiera estudiar en primer término los Evangelios. Ya hemos visto que estos maravillosos documentos son históricos, basados sobre el testimonio de buenísimos testigos. Nosotros reconocemos el auxilio del Espíritu Santo en su redacción, pero, frente al amigo que pregunta, podemos dejar esta convicción a un lado por el momento para recalcar la evidencia de (Lc 1:1-4). El libro de Los Hechos (Lucas es el autor) constituye la prueba irrefutable de que Lucas era el historiador más concienzudo y exacto de la antigüedad, y no lo sería menos al redactar su Evangelio. Las coincidencias entre Lucas y los demás Evangelios en todo lo esencial nos convencen del carácter también histórico de Mateo, Marcos y Juan. Todos los Evangelios presentan al mismo Protagonista, reconocidamente el mismo Señor Jesucristo en todos ellos. Una persona que medite sobre este hecho con mente abierta, y con algunos conocimientos literarios e históricos, comprenderá que el milagro de que cuatro hombres creasen al mismo Personaje constituiría un fenómeno extraordinario en la esfera literaria. Es mucho más fácil reconocer la veracidad del «retrato» repetido cuatro veces, aun cuando abarca los altos misterios de la Persona del Dios-Hombre, que el admitir la posibilidad de este inaudito fenómeno literario. En otros estudios veremos lo que los Evangelios revelan de él, pero aquí anticipamos el resultado: la evidencia de estos escritos históricos nos convence de que Jesucristo es el Dios-Hombre, el Verbo de Dios encarnado, revestido de plena autoridad en todo, omnisciente por ser Dios y manifestando la misma esencia de la sabiduría divina. De nuevo pensamos en (He 1:1) «Dios ha hablado por medio de su Hijo».

He aquí el centro del círculo de la revelación. No hemos de luchar en primer término para solucionar todos los problemas de los comienzos del libro de Génesis, sino reconocer que hay una cuádruple evidencia válida que afirma la manifestación de Dios en carne. Cristo puso el sello de su divina autoridad sobre todas las partes del Antiguo Testamento reconocido por los judíos, que coinciden con los libros del Antiguo Testamento que conocemos, y aceptamos la autoridad e inspiración de ellas porque nos corresponde aprender del Verbo encarnado, postrándonos a sus pies como discípulos. Existe, pues, una prueba «objetiva» en cuanto a la inspiración del Antiguo Testamento, que luego se confirma por el testimonio interno que hemos notado brevemente en el párrafo anterior. Es conveniente volver a leer el estudio anterior con el fin de ver cómo el Verbo encarnado autorizó de antemano el testimonio apostólico que hallamos en el Nuevo Testamento.

 

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