El descanso sabático

Otra fuente de los conflictos que Jesús mantiene con los grupos religiosos que defienden la Torá es el descanso sabático. Jesús no discute la validez de este precepto, como más tarde sucede con las comunidades cristianas primitivas de procedencia pagana. Él lo acepta y lo cumple, porque es consciente de la validez de su institución. El sábado, al dedicarse al Señor, tiene una doble función: descansar del agobio del trabajo y celebrar un día de fiesta dedicado al Señor en memoria de la conquista de la libertad de Egipto: «Recuerda que fuiste esclavo en Egipto y que te sacó de allí el Señor, tu Dios, con mano fuerte y brazo extendido. Por eso te manda el Señor, tu Dios, guardar el día del sábado» (Dt 5,15). Con la absolutización de la ley comienza la tendencia a concretar qué se debe o no se debe hacer en sábado. Se desliga del descanso con respecto al trabajo, de la libertad con relación a la esclavitud de Egipto y de la promesa de la definitiva liberación futura. Al distanciarse de Dios la observancia del sábado se vuelve contra el hombre y se convierte en un precepto sustentado en sí mismo y justificado por sí mismo por encima de todos los demás preceptos.
En tiempos de Jesús las disputas se centran en los casos en que hay que guardar el descanso y el modo de observarlo. Los esenios son los más radicales en el cumplimiento del precepto. Por ejemplo, sobre el cuidado de los animales o los pasos que se pueden dar en este día. Y los fariseos discuten cantidad de cosas que se pueden o no se pueden hacer en sábado divididos según la escuela de Samay y de Hilel o según algunos maestros. Se admiten dos situaciones que rompen el descanso sabático y en que casi todos los grupos están de acuerdo, como es la defensa de la vida propia, que incluye, si es necesario, la muerte del enemigo, y la defensa de la vida ajena. Dentro de esta órbita es lógico que se contemple también la curación, pero hasta cierta medida: «Si una persona siente dolores en la garganta, se le puede dar una medicina por vía bucal en el día de sábado, ya que hay peligro de vida y todo peligro de vida desplaza al sábado». Con sentido común se impone la custodia de los derechos fundamentales de la vida sobre el cumplimiento del precepto, quedando éste relativizado.
En este marco se coloca Jesús. Al hilo de lo que acabamos de exponer, se plantea la cuestión de si es lícito curar de ciertas enfermedades en sábado. Los relatos del hombre de la mano paralizada (Mc 3,1-6), de la mujer encorvada (Lc 13,10-17), del paralítico que está treinta y ocho años esperando sumergirse en las aguas medicinales de Betesda (Jn 5,1-9), etc., llevan a la pregunta de si es lícito curar en sábado, porque no existe una verdadera urgencia en los casos reseñados como las que cuenta Lucas: «Supongamos que a uno de vosotros se le cae un hijo o un buey a un pozo: )no lo sacará en seguida, en sábado?»(Lc 14,4) y por las que Jesús interroga con razón según la práctica admitida por todos menos los esenios: «¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer el bien o el mal?, ¿salvar la vida o dar muerte?» (Mc 3,4).
Una escena de Marcos (2,23-27par) puede dar la clave para comprender la polémica de Jesús con los fariseos sobre el descanso sabático. «Un sábado atravesaba unos sembrados y los discípulos de camino se pusieron a arrancar espigas. Los fariseos le dijeron: Mira lo que hacen en sábado: algo prohibido» (Mc 2,23-24). El motivo de arrancar las espigas es el hambre, y la pregunta-reprensión de los fariseos no es el robo, pues está permitido sin la hoz (Dt 23,26), ni caminar más de dos mil pasos, sino el incumplimiento del descanso preceptivo. Arrancar espigas es igual que recolectar la cosecha, uno de los trabajos a evitar en el día santo. Marcos redacta la contestación de Jesús con una historia en forma de pregunta ciertamente amoldada a su argumentación: «¿No habéis leído lo que hizo David cuando pasaba necesidad y estaban hambrientos él y sus compañeros? Entró en la casa de Dios, siendo sumo sacerdote Abiatar, y comió los panes presentados (que pueden comer sólo los sacerdotes [Lev 24,5-9]) y repartió a sus compañeros» (Mc 2,25-26). Pero según 1Sam 21,1-10 David se acerca a Nob huyendo de Saúl y entra sólo en el santuario. Allí se encuentra a Ajiméleq y no Abiatar y le pide pan. Al no tener pan ordinario «el sacerdote le dio pan consagrado, porque no había más pan que el presentado al Señor, retirado de la presencia del Señor, para poner el pan reciente del día» (1Sam 21,7).
Marcos cuenta que a David le siguen sus compañeros como a Jesús le siguen sus discípulos. David no coge directamente el pan ni lo distribuye, sino que lo pide. En el fondo, el responsable es Ajiméleq al no negarse a darle las doce roscas de pan dedicadas al Señor. La única condición que exige es que David y sus soldados estén en estado de pureza, es decir, no hayan tenido relaciones con mujeres. Sin embargo, la variación del texto se orienta a igualar ambas situaciones para unificar los motivos por los que deciden David tomar los panes de la proposición y Jesús defender a los discípulos no obstante saltarse el descanso sabático. En un primer paso se quebranta el precepto por la necesidad de comer. Si David lo hace, y no se le culpa por ello, también pueden hacerlo los discípulos de Jesús.
Pero la conducta de los discípulos y la defensa de Jesús tiene más alcance: la libertad ante el precepto(98). Si fuera exclusivamente el hambre lo que les lleva a romper el sábado no se aduciría el ejemplo de David, pues la necesidad hubiera justificado arrancar espigas y comer. Marcos enfoca el hecho para igualar a Jesús con David. Si éste está capacitado para interpretar la Ley y dar lugar a una excepción haciendo partícipes a sus acompañantes, de la misma forma está facultado Jesús para aplicarla a sus discípulos. Es continuar un estilo de vida cobijado bajo el paraguas del Reino que le lleva a radicalizar algunos preceptos de la Ley y a obviar otros, y, como en este caso, reorientarla en su sentido primero según la urgencia del Reino.
Jesús descubre el sentido primero del precepto, porque el descanso humano imita al descanso divino en el trabajo de la creación (para Dios) y de su responsabilidad (para el hombre), ya que éste es su imagen (Gén 1,26). Por tanto, el precepto es un don que proviene de Dios y a Dios remite para darle gracias y bendecirle por los dones. El hombre imita a Dios al cumplirlo, participando de su señorío ante la obra creada, celebrándola y gozando de ella al descansar. De ahí la libertad de todo para no reducirse a las cosas por la exclusiva productividad y maniatar la vida con mil reglas que tapan la auténtica voluntad de Dios expresada en la creación y en el descanso del séptimo día (Gén 2,3). Con este sentido entonces se entiende el dicho de Jesús al final del párrafo de Marcos: *El sábado se hizo [Dios lo hizo] para el hombre, no el hombre para el sábado+ (Mc 2,27)(99). Y como a David, Marcos termina dándole plena facultad a Jesús glorificado, confesado como Hijo de Dios (1,11) en contraposición al hombre como imagen de Dios (hijo de Adán) del párrafo anterior: «De suerte que este Hombre es Señor también del sábado» (Mc 2,28; cf. 2,10).