La ética, el  mundo de los humanos

por Pedro Ortega Ruiz

Desde sus orígenes, la filosofía helenística viene defendiendo el carácter social del ser humano. Y desde entonces, es una constante en el pensamiento occidental. Nadie es humano sin la pertenencia a una comunidad o grupo de quien recibe una cultura o modo de existir y vivir, un modo de estar en el mundo y relacionarse con los demás. Pensar en un ser humano aislado del mundo, de los otros, es una quimera. Incluso el aislamiento elegido en los humanos, como el ermitaño o anacoreta del desierto, no le priva de su condición de ser relacional; siempre permanecerá vinculado a la comunidad humana a la que sigue perteneciendo. Desde la soledad del desierto también el anacoreta se puede sentir solidario de la suerte de los demás. La relacionalidad es una “condición” que nos acompaña siempre y nos define como humanos. Somos seres relacionales, volcados al “afuera”, al otro, a los demás. “Un ser humano está hecho de tal manera que no se realiza, no se desarrolla ni puede encontrar su plenitud “si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás”, escribe el Papa Francisco en su Encíclica Fratelli Tutti. Es el otro quien nos constituye en seres humanos; es el otro quien nos inviste de humanidad. Esta relación con el otro se traduce siempre en responsabilidad,es decir, en una relación ética. Los humanos somos el mundo de la ética.

La relación ética (responsable) con el otro no es una cualidad añadida al sujeto (Yo) ya constituido. No hay un Yo sin un Tú que le nombre, sin una relación que le llame a la existencia humana. Esta relación ética Yo-Tú es constitutiva para ambos. El otro siempre es pregunta: ¿quién soy yo para ti? que espera y demanda una respuesta. El otro no es un “extraño”, alguien ajeno a nosotros; forma parte de nosotros como pregunta y como respuesta; está incrustado en nuestra existencia como humanos. Al otro lo “llevamos dentro”. No hay ser humano sin un otro con el que establezca una relación ética, es decir, de responsabilidad. Y es esta relación ética la que nos hace humanos. Los seres humanos somos en lo más íntimo de nuestra existencia seres responsables; somos responsabilidad, es decir, relación ética. Si prescindimos de la dimensión ética, renunciamos a nuestra condición de humanos. Dostoievski sintetiza esta afirmación en esta frase: “Todos los hombres son responsables unos de otros, y yo más que ninguno”.

Partir de un determinado concepto del hombre no es una cuestión baladí, condiciona nuestro “estar en el mundo” y nuestras relaciones con los demás. El idealismo nos ha llevado a pensar al hombre como un ser ideal, universal, abstracto, instalado en el mundo de las “bellas ideas”. Pero el hombre que conocemos por la experiencia es el ser histórico que vive en una circunstancia o contexto, que ama y odia, sufre y goza, el ser corpóreo, finito y contingente, irreconocible fuera del tiempo y del espacio. Este es el ser humano que nos pide cuentas de nuestra conducta y de quien debemos responder. El ser humano con quien tenemos que “habérnoslas” en la tarea indelegable de tener que vivir. Es inútil intentar ocultar lo que siempre nos acompaña: el dolor y el gozo, la alegría y el llanto, la vida y la muerte. Nuestro concepto del hombre impregna toda nuestra vida. Desde él nos situamos ante el otro; desde él pensamos y hablamos; desde él miramos al mundo; desde él vivimos; y desde él también rezamos.

El triste y trágico acontecimiento del terremoto en Turquía y Siria ha sacado de nosotros el sentimiento más noble de los seres humanos: la solidaridad compasiva con quienes se ven sumidos en el dolor. Sin tener en cuenta las dificultades y los peligros por socorrer a las víctimas de la tragedia, hombres y mujeres de muchos lugares del mundo no han dudado en ponerse a disposición de aquellos que lo han perdido todo, y en muchos casos hasta la propia vida. Este gesto heroico de solidaridad les honra a ellos y también a toda la comunidad humana a la que pertenecen. A todos nos dignifica. En medio de las guerras crueles y sin sentido que nos azotan, de los atropellos a los derechos humanos, conductas como las de estos voluntarios dibujan el rostro humano de una sociedad que también sabe acercarse, como el buen samaritano, a los que yacen heridos en el camino.

Pero no debiéramos responder a la necesidad del otro solo en las circunstancias extremas cuando los medios de comunicación nos ponen ante nuestros ojos la tragedia del horror de la destrucción y de la muerte. A diario se producen situaciones de urgente necesidad que no ocupan espacio en los medios de comunicación, pasan desapercibidos o quedan reducidos al olvido. Los millones de seres humanos forzados al exilio, los cientos de miles que viven hacinados en los campamentos de refugiados, los pueblos arrasados por las guerras interminables… Detrás de cada uno de estos sufrientes hay una historia que contar, un nombre, una familia y una esperanza truncada. Estos también son el otro que “llevamos dentro” y preguntan: ¿quién soy yo para ti? La responsabilidad con el otro no empieza ni termina con el vecino o compañero de trabajo, ni con quien comparto la proximidad de pertenecer a una misma comunidad. Siempre nos vemos expuestos a un “tercero”, a un prójimo alejado, a quien no conocemos, que también pregunta “por lo suyo”. La responsabilidad con el otro no reconoce fronteras, ni raza, ni lengua, ni religión. Es el otro desde su situación de sufriente, desde su condición de una inhumanidad padecida, quien nos reclama ayuda y cuidado, una palabra de aliento y consuelo que le diga: levántate y anda. El otro, cualquier otro es la voz de quien “llevamos dentro” que nos interpela y nos pregunta “por lo suyo”; es la voz del desahuciado, del descartado, del necesitado, que demanda justicia y compasión. El peligro que siempre nos acecha es acostumbrarnos a convivir con los descartados y oprimidos como si la suerte de estos se debiese a la naturaleza y no estuviese causada por la irresponsabilidad humana. “Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe”, escribe el Papa Francisco en su Exhortación Apostólica: La alegría del evangelio.

Vivir la responsabilidad, hacer de la ética la norma de nuestra conducta complica la vida hasta límites insospechados. Ser responsable de todos es un estilo de vida. Es saber que nadie te es ajeno, ni extraño. Es compartir el pan, la esperanza y la lucha por la vida. Es afirmar cada día que la injusticia de este mundo no tendrá la última palabra. Es vivir en la esperanza de que otro mundo más humano es posible. Es caminar por la vida con los ojos y los oídos abiertos para abrir el corazón al sufrimiento y al dolor del otro necesitado. Con esta actitud, no salvaremos al mundo, pero al menos habremos hecho el milagro de llevar la vida a quien ya estaba caído en el camino. El buen samaritano no salvó a todos los heridos, pero salvó a uno, y eso solo le bastó para ser propuesto como un  hombre compasivo, justo.

Nos ha hecho mucho daño la concepción “idealista” del hombre que se nos ha inculcado desde todas las instituciones. La insistencia en nuestro paso fugaz por el mundo, la idealización del hombre y el desprecio a la corporeidad, la idea dualista de “salvar el alma” como si ésta nada tuviese que ver con salvar el cuerpo, la falsa idea de la trascendencia como huida del mundo, el desprecio al cuerpo humano… son ideas y creencias directamente vinculadas a una concepción “idealista” del hombre y a una ética que ve al otro desde la distancia, cuando no desde la indiferencia. Y al otro lo “llevamos dentro”. En lo más profundo de nuestro ser somos el otro, de él recibimos la existencia como humanos. Estamos hechos para el otro en lo más íntimo de nuestro ser. Toda nuestra existencia es un reclamo, una invocación al otro.  El otro siempre nos sale al encuentro. Somos rehén del otro, en expresión de E. Levinas.

Desde esta concepción del hombre, nuestra existencia como humanos cambia de enfoque, de perspectiva. Sabemos que tenemos que vivir con el otro y para el otro, no en una coexistencia “pacífica”, sino en el servicio (diaconía) que se torna no pocas veces en sacrificio y siempre en caridad. Los cristianos ya tenemos mucho de este camino andado. Basta leer los textos sagrados y sacar las conclusiones. Para ello, es indispensable desprendernos de todo lo que interesadamente hemos ido “añadiendo” hasta hacer irreconocible lo que es muy fácil de entender. Es nuestra respuesta ética al otro quien nos ha de juzgar. Es el otro quien tiene la última palabra sobre la justicia y compasión de nuestra vida. Para un cristiano, esto es fácil de entender, basta leer el cap. 25 del evangelio de Mateo. Esta lectura nos ayuda a descubrir la dimensión de alteridad que tiene nuestra existencia y que se expresa en el amor, en el servicio o diaconía. En este texto se presenta la relación con Dios como relación con el otro. No se da una relación sin la otra.

Todos somos “el extranjero, el huérfano y la viuda”, en expresión de E. Levinas, que demandan de nosotros ser reconocidos y acogidos como son: seres humanos en su dignidad inalienable, infinita. La necesidad y la limitación forman parte de nuestra estructura radical como humanos y nos convierten en seres necesitados de compasión, de ayuda y cuidado.   Todos somos el hombre herido en el camino que va de Jerusalén a Jericó y que espera que alguien, un buen samaritano, salga a su encuentro y le cure de sus heridas. “Todos tenemos responsabilidad sobre el herido que es el pueblo mismo y todos los pueblos de la tierra”, escribe el Papa Francisco en su Encíclica Fratelli Tutti. Esta concepción del hombre “herido”, necesitado de ayuda y cuidado es indispensable para establecer con él una relación ética, de responsabilidad. Solo cuando nos sentimos afectados por la necesidad del otro, surge en nosotros la urgencia de ayuda y cuidado, de ir a su encuentro. No basta con “tener conocimiento” del sufrimiento del otro; es indispensable sentirlo como propio. La compasión no es cosa solo de la razón, de los argumentos que podamos utilizar para ayudar al otro, es, sobre todo “cuestión de entrañas”.

Desde hace muchos años defiendo que los seres humanos no hemos venido a este mundo para repetir lo ya dado, para mimetizarnos con el pasado, sino para comenzar algo  nuevo, para innovar, crear y transformar, hacer posible otra forma más humana de vivir, construir algo nuevo a partir de lo heredado. Y eso pasa por cambiar los presupuestos antropológicos y éticos, por difícil que sea, que condicionan e inspiran nuestra conducta, fuertemente impregnados de un idealismo paralizante que lleva a la indiferencia y a la huida de la realidad que más nos incomoda. Requiere situar al hombre en el centro de la preocupación y ocupación de las instituciones sociales, dejando en un segundo lugar los intereses legítimos particulares. Esta tarea de cambio requiere una mirada larga, la paciencia y perseverancia del que se sabe, a pesar de todo, sembrador de esperanza. Unos siembran para que otros recojan los frutos. Esta es nuestra responsabilidad para hoy: poner los cimientos de una nueva construcción que acoja a todos, empezando por aquellos que sufren el abandono y la exclusión, los que ya han perdido toda esperanza para seguir caminando. Tomar al ser humano en toda su realidad, en su contexto, lejos de las ideas “fantásticas” que nos han enseñado sobre él, es el principio de la “vuelta a casa”, del encuentro de todos en lo que somos: seres que gozan y sufren, que conviven con la alegría y el llanto, que hacen de la historia de cada día una experiencia de encuentro con el otro desde la responsabilidad de la que no nos podemos desprender como humanos.

El concepto de hombre que se expone en este breve texto concibe al ser humano como un ser corpóreo que convive con la compasión y la inhumanidad bajo un mismo techo; que se ve obligado a responder del otro en medio de la incertidumbre y la amenaza de lo inhumano; que no espera inútilmente el paraíso que le procure una vida tranquila, sino la certeza de vivir en un mundo inmerso en la ambigüedad en el que todo está por hacer; que afronta la vida como un nuevo nacimiento, un comenzar de nuevo, respondiendo del otro desde su radical alteridad, sin pretensión de imponer sus ideas o creencias, sino como servicio en la caridad. La responsabilidad atraviesa toda nuestra existencia sin darnos tregua ni descanso. Nunca dejamos de ser aquello que somos por naturaleza: seres  relacionales, responsables de todos. Somos animales éticos porque somos finitos y contingentes, porque el sufrimiento (el propio y el de los demás) es una presencia constante. En último término, la ética no tiene sentido ni por su fundamente (que no posee), ni por su normatividad (puesto que no da normas), sino por la compasión…La ética es una relación compasiva, una respuesta al dolor del otro”, escribe el prof. Mélich en su obra: Ética de la compasión. Esta es nuestra “servidumbre”, vivir atados al sufrimiento, y hacer del mismo nuestra grandeza, el ejercicio de la compasión, de la ética.

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