SÍNODO 2023:
Caminar con Dios, con Cristo, como hermanos

Rafael Sanz Valdivieso OFM
¿Qué es un sínodo, un camino sinodal? ¿Quién lo ha propuesto? ¿Qué es lo que nos pide y cómo participar? «¿Cómo se realiza hoy, a diversos niveles (desde el local al universal) ese “caminar juntos” que permite a la Iglesia anunciar el Evangelio, de acuerdo con la misión que le fue confiada; y qué pasos el Espíritu nos invita a dar para crecer como Iglesia sinodal?» (Documento preparatorio de la etapa continental, n. 2).
La Sinodalidad en la Iglesia es un nombre o concepto antiguo, que después del Concilio Vaticano II se ha vuelto a tratar en nuestro tiempo, aunque ya estaba presente en los diferentes sínodos diocesanos y de regiones o de provincias eclesiásticas, los arzobispados, en la iglesia latina. Desde la Exhortación apostólica Evangelii gaudium, el Papa Francisco en varias intervenciones dirigidas a la Iglesia, ha dado a esta dimensión eclesial una importancia renovada y actual. ¿Qué ha querido decirnos?
La palabra “Sínodo” está en relación directa con, y cercana a, la vida de la Iglesia. La palabra española es una trasposición del griego, que se forma con dos vocablos: “Syn”, que es un adverbio, significa “juntamente”, y una preposición de dativo, su significado es claro, “con”, “con la ayuda de”, “en compañía de”; y el sustantivo “odos”, “camino, vía”. “Sínodo” significa “caminar juntos” y también la “manera de proceder” juntos. “Así se explica que san Juan Crisóstomo utilice esta afirmación: “Iglesia y sínodo don sinónimos”. Esta afirmación tan clara y decidida nos resulta más clara si nos damos cuenta de todo lo que hemos tratado en estos años posteriores al Concilio Vaticano II al hablar y estudiar lo que es la “comunión”. Vivir en comunión significa caminar juntos, porque hemos sido regenerados por mismo único Espíritu, insertados en un único cuerpo desde el bautismo, caminando hacia la misma meta, animados por la fe que se vuelve activa por la caridad y pone en marcha la esperanza que nos sostiene. Todos tenemos una misión común que nos revela la dignidad compartida de ser hijos de Dios, con una vocación común. Caminar juntos ¿con quién y hacia dónde?
El significado más llamativo, el más profundo, de la palabra Sínodo, es el que nos pone en camino junto a Dios. Así es lo mismo que hablar de la comunión: caminar al lado de Dios y caminar juntos hacia Él. Este camino junto a Dios implica, ante todo, nuestro conocimiento de Él y de sus obras, estar en comunión con Él y lo que nos ha manifestado en la historia de la Alianza, con la antigua y la nueva Alianza, con la vida de Jesús, con la historia de la Iglesia. Caminar junto a Dios quiere decir amarlo, conocerlo, invita r a todos a participar de esta alianza: «Es importante saber que la primera palabra, la iniciativa verdadera, la actividad verdadera viene de Dios y sólo si entramos en esta iniciativa divina, sólo si imploramos esta iniciativa divina, podremos también ser —con Él y en Él— evangelizadores» (EGaudium, 112). Dios es el gran desconocido de nuestro tiempo. Ir caminando por esta vía sinodal significa conocer a Dios mediante la oración, los sacramentos, la escucha atenta y la meditación de su Palabra, de la de los Padres de la Iglesia, del Magisterio y el Concilio Vaticano II, de los padres espirituales. Conocer a Dios por medio de los hermanos: no olvidemos que la Iglesia es la presencia de la Trinidad en el tiempo. El Concilio Vaticano II ha insistido en la importancia del “sensus fidei fidelium”: la fe de la gente creyente, del pueblo de Dios, en su conjunto, guiado por los apóstoles, que no puede equivocarse en el creer. En cada época la Iglesia debe profundizar en la propia tradición para que todo el pueblo santo de Dios crezca en la comprensión y en la experiencia de la vida cristiana. Todas las veces que el Papa Francisco habla de esto llama la atención y advierte que no es una identificación entre la Iglesia y los varios dinamismos que funcionan en la democracia, siempre resultado del principio de la mayoría. El “sensus fidelium” no coincide necesariamente con lo que piensa la mayoría de los fieles. Nace de la adhesión convencida y libre, renovada, a lo que la tradición de los apóstoles, recibiéndolo de Cristo, ha transmitido y confiado a todo el pueblo de Dios como bienes que hay que recibir agradecidos y renovar. La escucha atenta no tiene que ponerse como fin el conocimiento de novedades, sino una inteligencia renovada y honda de las verdades permanentes.

Otro de los significados de la palabra Sínodo es caminar con Cristo. Es ÉL el que nos invita a seguirlo. Es Él quien en el Evangelio ha dicho repetidas veces: “venid conmigo”, “seguidme”, “venid en pos de mí”, “estad conmigo”. Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28,20). Cristo se ha designado a sí mismo el camino: es Él, entonces, la vía que nos hace salir del mal, de la mentira, de la soledad. Es el camino abierto ante nosotros para vivir las relaciones buenas y verdaderas. Además, Sínodo quiere decir caminar nosotros como hermanos. Ahí está el punto más exigente del camino sinodal. Caminar con Dios no puede parecer fácil, caminar con Cristo nos parece posible, pero caminar juntos entre nosotros parece, en muchas ocasiones, una tarea fatigosa. Si nos miramos con atención, unos a otros, destacan nuestras diferencias, que son valiosas, pero surgen también nuestras obsesiones, cerrazones, rivalidades, tensiones, juicios, miedos. Caminar juntos exige una verdadera conversión, es necesaria, pues no hay alegría si no vemos la conversión como un cambio a mejor, incluso de “bien a mejor”. La mentalidad que mejora cambiando o renovándose nos hace descubrir a Dios y su proyecto original al crear y elegir un pueblo, al que ha perdonado siempre que se ha extraviado, ha buscado y reintegrado a quien se ha dispersado o perdido, ha reanimado a quien ha pecado. Además del camino con los hermanos, el Sínodo es un camino hacia los que no conocen a Cristo. La vida de Dios está tan arraigada en las profundidades del ser humano, su esperanza es tan honde dentro de cada uno de nosotros, que no podemos perderla definitivamente.
Camino sinodal quiere decir suscitar en las personas la sed de Dios, para que la reconozcan dentro de sí, descubran que Dios se ha hecho hombre, llamar a cada persona a participar en la vida de nuestras comunidades. Pero quiere decir también escuchar las preguntas y expectativas de las personas, sus críticas, sus desilusiones, sus conflictos o tensiones. Es el proceso de comunión, participación y misión que desarrolla el sentido de un camino sinodal como un acontecimiento de toda la Iglesia, que requiere la presencia de todos sus miembros, que pueden participar en virtud de su bautismo que los constituye como personas dentro de la Iglesia. Ante todo, con la oración, le sigue el testimonio sincero y activo de la fe que profesamos, con la vida de cada día, con la escucha atenta de las voces de los demás, con el encuentro con los que todavía no conocen a Cristo o que no lo conocen más.
El camino sinodal es, es por supuesto un acontecimiento religioso, que nace de la oración que Cristo presenta el Jueves Santo a Dios Padre: “ruego por cuantos creen en mí por su palabra, para que todos sean uno, como tú, Padre estás en mí y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,20-21), para que los hombres sean una cosa sola y se reúnan en un solo rebaño y con un solo pastor (Jn 10,16).

El camino sinodal es una dilatación de la Iglesia, un ensanchar el espacio de su tienda (Is 54,2), desplegar las lonas de sus moradas, para que las mujeres y los hombres puedan entrar en ella, puedan experimentar el abrazo misericordioso de Cristo en su vida. Abrir las lonas de nuestra tienda significa salir del espacio de nuestro templo y de nuestra casa para encontrar a las personas. Se habla de una “Iglesia en salida” y es necesario que sea real esta salida, pidiendo al Señor con insistencia que nuestro corazón y nuestra mente colmadas de gracia y de verdad nos den ánimo para desear esa salida y el encuentro.
El camino sinodal es el comienzo de una nueva misión de la Iglesia, la que parte de “Dios, nuestro Padre”, no de encuestas sociológicas sobre la fe que podemos medir en nosotros y en los demás, tampoco como una especie de terapia psicológica que nos dé seguridad cuando vacilamos. Es una acción evangelizadora que comienza con la escucha atenta, el intercambio para compartir en comunidad. Es un acontecimiento teológico, porque está llamado a volver a fundamentar nuestra vida en Dios Padre, punto de apoyo y meta a la que nos encamina la vida. Hablar de Dios Padre, anunciar su presencia, darlo a conocer nos ayuda a tener en cuenta nuestra filiación y nuestra humanidad compartida con el Verbo encarnado, el destino común de todas las personas en la tierra.. –