ENSEÑANZAS DE JESÚS

El Estado

Los Evangelios trasmiten pocas referencias de las relaciones de Jesús con el poder político, a pesar de haber sido éste el que le condenó y ejecutó. Hay palabras como la dirigida a Herodes: zorro (Lc 13,3), para describir su personalidad: astuta y maquiavélica, o entendida también como raposo, un animalejo sin importancia, como signo de desprecio. También es severa la frase que manifiesta su opinión sobre los potentados y los dirigentes políticos: «Sabéis que quienes parecen dominar los pueblos los oprimen, y los poderosos imponen su autoridad» (Mc 10,42par). Jesús ratifica el conocimiento público y el juicio común sobre el comportamiento del poder político-militar y la relevancia económica de los jefes y poderosos que sofocan la libertad de los pueblos y los explotan impunemente. Por eso la redacción alude al espejismo que suponen las jefaturas políticas, o, en el caso de Lucas (22,25), la ironía de titularse encima bienhechores, como es la costumbre en este tiempo para la mayoría de los emperadores. La comunidad de Marcos, que sabe lo que es la persecución de Nerón, tiene buena cuenta de esto. El único soberano es Dios, que, como Creador y Providente, cuida, protege y gobierna a sus hijos. Es la aspiración de Israel que se transmite en el cántico de María: «[El Señor] … desbarata a los soberbios en sus planes; derriba del trono a los potentados y ensalza a los humildes» (Lc 1,51-52). Según el nuevo contenido que le da Jesús al poder, entendido como servicio, es lógica la reserva ante la clase política, al menos contemplada como un absoluto vital y en su práctica común. La experiencia que Jesús tiene de Dios, para él la verdadera autoridad, y la experiencia de las autoridades de los pueblos, para todos seres corruptos y explotadores, hace que se mantenga distante de ellas, alejamiento que se puede interpretar como descalificación humana y social.

La distancia que establece con el poder se observa en el relato del tributo al César (Mc 12,13-17par). El Sanedrín envía a unos fariseos y herodianos (Mc 11,27) para tramar una acusación contra Jesús. Ellos constituyen el poder religioso y político de su entorno e intentan desacreditarlo ante el pueblo y las autoridades. Marcos sitúa la escena en el templo y así asegura los espectadores. Comienzan alabándole: «Maestro, nos consta que eres veraz y que no te importa nadie porque no eres partidista, sino que enseñas sinceramente el camino de Dios» (Mc 12,14). En el fondo es una cruel hipocresía, debido a la postura que mantienen contra Jesús, que el Evangelista ya ha transmitido con ocasión de la curación del hombre que tenía una mano paralizada (Mc 3,6). Parten de una verdad para los cristianos, maestro, y suena a una ironía del redactor contra ellos, pues son los primeros que no le creen como una persona sincera, imparcial y recta, que no se decanta por la multitud o por los jefes según intereses que están fuera del Reino. Cuando le dicen que enseña los caminos de Dios, comparan a Jesús con los rabinos que señalan el comportamiento que Dios pide al pueblo por medio de instrucciones prácticas teniendo en cuenta la Ley.

La pregunta que hacen a continuación es breve y astuta. Plantean si es conforme a la voluntad de Dios que cada persona pague un tributo que va a las arcas del Emperador pagano:«¿Es lícito pagar tributo al César o no? ¿Lo pagamos o no?» (Mc 12,14). El impuesto a Roma lo manda Coponius en el año 6 d.C. al ser destituido Arquelao. El segundo interrogante coloca a Jesús en una alternativa y debe responder con claridad. Si la respuesta era positiva, Jesús se echaría encima a la gente ante la impopularidad del impuesto; sería un colaboracionista; si era negativa, pasaría como un revolucionario ante el poder romano. En ambos casos la respuesta es comprometida en el ámbito social.

Jesús responde pasando la pregunta del plano teórico al práctico, el nivel en el que los judíos deben decidir y donde realmente se plantea el problema: «Adivinando su hipocresía, les dijo: ¿Por qué me tentáis? Traedme un denario, que lo vea. Se lo llevaron y les pregunta: ¿De quién es esta imagen y esta inscripción? Le contestan: Del César. Y Jesús replicó: Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mc 12,15-17). La efigie es de Tiberio y la inscripción «César Tiberio, hijo del divino Augusto, digno de veneración» y en el reverso «Pontífice Máximo» con la imagen de Livia, la emperatriz madre, que lleva en la derecha el cetro y en la izquierda una rama de olivo simbolizando la paz celestial, pues está sentada en un trono propio de los dioses. La moneda naturalmente no es propiedad del Emperador, pero su imagen la hace válida.

Jesús ratifica el impuesto y, con él, la autoridad de Tiberio. A éste corresponde el poder administrativo, militar y judicial. En este caso concreto, la moneda simboliza el poder económico que está en la base del poder político de Tiberio y, por otro lado, la lealtad y sumisión de los judíos al usarlo. Pero Jesús lo separa de Dios, ya que el hombre le debe pagar el tributo de darle culto y obedecerle, entregarse con todo su ser, según el Deuteronomio (6,4-5) y según el hilo conductor del ministerio de Jesús: «Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón …» (Mc 12,29-30par). La autoridad divina es el límite de todo poder político. Es más. Toda autoridad humana conlleva la dimensión provisional inscrita en el tiempo. Sin embargo, la divina, además de ser la auténtica, tiene el carácter permanente. La distancia que Jesús mantiene con el poder no supone un rechazo que conduzca a la rebelión al estilo que poco más tarde abanderaron los zelotas, pero tampoco la sumisión. La verdadera dignidad humana la da Dios, al que hay que obedecer en cualquier caso, pues es superior y más decisivo para la salvación que la de los jefes políticos, aunque éstos puedan arrebatar la vida en caso de conflicto, como sucede, por ejemplo, con las persecuciones romanas, que soportan los cristianos de la comunidad de Marcos.

Con todo, si Jesús enseña una contraposición radical a Dios de una forma directa no se refiere a la política sino al dinero cuando domina a la persona y origina la pobreza. Por eso, relaciona en la escena del rico el reconocimiento del único Dios a la renuncia a los bienes (cf Mc 10,18par). La escena se cierra con la admiración de los presentes por la respuesta de Jesús. Se intensifica la simpatía de la gente y crece en la misma medida el temor de las autoridades por dicha fama (Mc 11,18.32; 12,12). Es un aviso de que las autoridades judías están pensando cómo entregar a Jesús al poder romano.

 

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