LOS DOLORES DE MARÍA

Primer Dolor
La profecía de Simeón
«Cuando se cumplieron los días de su purificación, según la ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones».
Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley, Simeón* lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
«Ahora, Señor, según tu promesa, | puedes dejar a tu siervo irse en paz.
Porque mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos:
luz para alumbrar a las naciones | y gloria de tu pueblo Israel».
Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre:
«Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción —y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones» (Lc 2,22-35)
La perícopa evangélica la podemos dividir en cuatro partes: el templo, Simeón, Ana y el crecimiento de Jesús, y todo bajo la mirada de la profecía de Zacarías: «He aquí que yo envíe a mi mensajero, para allanar el camino delante de mí, y enseguida vendrá a su templo del Señor, a quien vosotros buscáis» (Zac 3,1).
La primera familia cristiana viaja al templo para cumplir dos ritos: la circuncisión, que se hace al día siguiente de los siete de días en los que la madre permanece impura por el parto, y donde se le impone el nombre al neófito (Lev 12,3); se le da el nombre que Gabriel comunica antes a María (cf. Lc 1,31). Y Lucas une a la circunsión la presentación de Jesús que se hace a los cuarenta días de nacer. En ella dos testigos alaban al Señor por haber conocido al Salvador.
La pérdida de sangre dejaba a la persona impura, como es el caso de la menstruación y del parto en las mujeres. Acabado el tiempo de la impureza se ofrece un cordero al Señor y un ave. En el caso de no tener dinero para sacrificar el cordero, se proporcionan dos pichones (cf. Lv 12,1-4). El segundo acontecimiento que relata Lucas es la presentación de Jesús como primogénito. Es una prescripción que viene de lejos: los primogénitos pertenecen al Señor (cf. Éx 13,2; 13,12-13.15). Y los padres llevan al templo sus primogénitos para pagar el rescate al Señor y apropiarse su hijo. Sin embargo, esto no se relata en la presentación de Jesús. No creo que Lucas ignorase el rescate de los primogénitos por los padres; es más plausible que el olvido fuera intencionado: Jesús es del Padre y sigue pertenenciendo al Padre, como después acentuará en el párrafo de Jesús con los doctores de la ley (cf. Lc 2,46). La presentación es «el ofrecimiento público de Jesús a Dios, su Padre» (La infancia 89).
Con esta ocasión dos ancianos alaban al Señor. Simeón pronuncia unas palabras semejantes a Moisés cuando avista la tierra prometida, pero que no tendrá ocasión de disfrutar: «El Señor habló a Moisés aquel mismo día y le dijo: ―Sube a esa montaña de los Abarín, al monte Nebo que está en el país de Moab, frente a Jericó, y contempla la tierra de Canaán que voy a dar en propiedad a los israelitas. Morirás en el monte al que vas a subir, e irás a reunirte con los tuyos…» (Dt 32,49-50).
Lo mismo le sucede a Simeón, hombre anciano que va al templo y alaba al Señor por tener la oportunidad de conocer al Mesías, como Moisés la llanura de Jericó. Simeón coge al niño en brazos, como su madre, en el atrio de las mujeres, y dice el siguiente oráculo: «Ahora, Señor, puedes dejar a tu sierve irse en paz porque mis ojos han visto tu salvación, la que has preparado ante todos los pueblos como luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2,29-32). Con una actitud diferente a Moisés (M. Pérez Fernández, El beso), Simeón se alegra de que al final de su vida tenga la oportunidad de conocer al salvador tantas veces prometido y tanto tiempo esperado. Por consiguiente, puede irse en paz, ha visto a Jesús, el salvador, y se erige en símbolo y representante de todos los han deseado vivir este momento, deseos que no se centran exclusivamente en Israel, sino en todo el mundo. Está en la línea de de Isaías: «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anunciala paz, que trae buenas nuevas, que anuncia la salvación» (Is 52,7). Jesús será la luz que ilumine el sentido de la vida de la coletividad humana y gloria no sólo de Israel, sino de la humanidad. Una misión que deben continuar sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una vela para meterla debajo de un celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo» (Mt 15,13-16).
El segundo oráculo de Simeón, que permanece junto a la Madre atenta a su hijo en brazos del anciano israelita, y presumiblemente sacerdote del templo por el hecho de bendecir a sus padres, va dirigido a María. Se hace eco de lo que sucedió en la vida de Jesús, muerto y crucificado, siendo testigo de tales acontecimientos su madre, cuya crítica popular le hace recogerle y devolverle a casa en la primera etapa de su misión en Galilea (cf.Mc 3,20-21). Ella comprobó como Jesús «es un signo de contradicción» en la persecución de los inocentes por Herodes y en su obligada huida a Egipto (Mt 2,1-18), cumpliendo la profecía de Isaías: «Yahvé Sebaot: sea él vuestro temor y él sea vuestro temblor. Se convertirá en conspirador, en piedra de tropiezo en obstáculo rocoso para ambas casas de Israel; en lazo y trampa para los moradores de Jerusalén» (Is 8,14-15. «La espada que traspasa el alma» de María, no puede ser otra cosa que ver morir a su hijo (cf. Jn 19,25-27; Ez 14,17; Zac 12,10) por una causa que nunca defendió (cf. Mc 15,26par), muerte justificada para salvar al pueblo (cf. Jn 11,48) y en nombre del Dios de Israel (cf. Mc 15,29-32). Además, añade Simeón que «… quedarán al descubierto las intenciones de muchos corazones»; es lo que sucede cuando Jesús expira en la cruz (cf. Lc 23,48) y la comunidad cristiana percibe en su predicación en Palestina y en el Imperio (Hechos passim). Dice el Papa: «De María podemos aprender la verdadera compasión, libre de sentimentalismo alguno, acogiendo el dolor ajeno como sufrimiento propio» (La infancia 93).
Los padres de Jesús reciben otra alegría en el templo: es el saludo de una mujer consagrada al Señor, por lo que está capacitada para leer su voluntad (cf. Éx 15,20; Jue 4,4; 2Re 22,14). Simeón con la Ley y ahora Ana con la profecía, es decir, en nombre de la identidad de Israel, reconocen la trascendencia de la vida del niño, como en sucederá a Pedro, Santiago y Juan más tarde (cf. Mc 9,3-13par). Ana indica la salvación de Israel (cf. Lc 1,68) que está simbolizada en la liberación de la ciudad santa de Jerusalén (cf. Is 40,2; 52,9; 2Sam 5,9), un tema muy caro a Lucas (cf. Lc 2,38; 9,31; 13,22; 17,11; 18,31; etc.). Y lo hace público a todos los que transitan por el templo.
Terminada la visita al templo y los encuentros con Simeón y Ana, la primera familia cristiana regresa a Nazaret. «El niño crecía, se fortalecía y se iba llenando de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él» (Lc 2,39-40). Las tres relaciones fundamentales de la vida humana: con Dios, con los demás y consigo mismo se desarrollan manteniéndose en la dura ley del espacio ―Nazaret, Cafarnaún, en definitiva, Galilea― y el tiempo ―el año 749 ó 750 de la fundación de Roma. Se cumple a la perfección el hilo conductor de la obra del Papa: «El Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (Jn 1,14).