Séptimo Dolor
Jesús es colocado en el Sepulcro
«Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús aunque oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en los lienzos con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús» (Jn 19,38-42)
La Misná reglamenta la costumbre de que a los condenados no se les puede enterrar en el panteón familiar. Sólo se llevan los restos cuando se han reducido a los huesos. José envuelve el cadáver en una sábana para evitar que quede desnudo, lo introduce en una tumba y la cierra con una piedra; así impide que los animales se lo coman. El sepulcro debe estar cerca de la crucifixión, seguramente será uno de los huecos excavados en la roca donde los romanos facilitan la sepultura de los crucificados o que el Sanedrín dispone para los que condenan a muerte. Esto contribuye a cumplir la prohibición de que se trasladen los restos de los fallecidos en la Pascua.
Situados en el tiempo de las primeras generaciones cristianas, el escándalo que lleva consigo la crucifixión de Jesús (1Cor 1,23; Gál 3,13), hace que se revisen los acontecimientos finales de su vida, fracasada y contestada por su pueblo, desde dos perspectivas enunciadas al principio: se cumple la voluntad de Dios según rezan las Escrituras, y la experiencia de la Resurrección.
Sobre la primera, Lucas lo expresa con claridad en los Hechos: «Los vecinos de Jerusalén con sus jefes no lo acogieron a él ni las palabras de los profetas que se leen los sábados. Pero, al juzgarlo, las cumplieron, al pedir a Pilato que le diese muerte, aunque no encontraron causa para una sentencia de muerte. Cuando se cumplió todo lo escrito de él, lo descolgaron del madero y le dieron sepultura» (13,27-29). Dios, por tanto, ha cumplido lo que hace mucho tiempo han anunciado los profetas y está registrado en la Escritura: que su enviado para salvar a Israel, el Mesías, no venía con gloria y majestad, sino que, analizado lo sucedido con él en Jerusalén, se presenta como un Mesías sufriente (Hech 3,18). Y ha sido la obediencia radical de Jesús a la voluntad del Padre lo que le ha constituido como tal: «Por tanto, que toda la Casa del Israel reconozca que a este Jesús que habéis crucificado, Dios lo ha nombrado Señor y Mesías» (2,36). Paso a paso se ha verificado en los cuatro Evangelios y queda grabado para siempre en la conciencia de los cristianos como el siervo sufriente, ejemplo para sus seguidores: «No había pecado ni hubo engaño en su boca; injuriado no respondía con injurias, padeciendo no amenazaba, antes se sometía al que juzga con justicia» (1Pe 2,22-23).
Sin embargo es la experiencia de la Resurrección la que cambia la perspectiva del final estrepitoso de Jesús, ofrece el último sentido de su vida y clarifica definitivamente su identidad personal. La resurrección demuestra su inocencia y supera la muerte mostrando una vida llena de poder y gloria que constituye su estado definitivo más allá de la indignidad humana que implica morir crucificado. Con la Resurrección es constituido Hijo de Dios, Mesías e Hijo del hombre, conceptos que poco a poco la reflexión cristiana le aplica al principio de su ministerio, como se observa en el Bautismo, al inicio de su vida, en el nacimiento, y termina por concederle tal dignidad desde siempre: «Al principio ya existía la Palabra y la Palabra se dirigía a Dios y la Palabra era Dios» (Jn 1,1).
Estas interpretaciones de la vida de Jesús no anulan su desarrollo concreto en la historia. Los dos niveles los hemos ofrecido con esmero en este capítulo. Ninguno de ellos se puede anular, o defender uno en perjuicio del otro. Lo veremos a continuación: el Resucitado lleva las marcas de los clavos de la crucifixión. Es el crucificado el que Dios recrea asumiendo y avalando todas su palabras y hechos realizados en favor de su pueblo, en favor de todos los hombres.
Pero la situación en que María está no se reduce exclusivamente a la soledad, que postula una defensa y protección por parte del discípulo, ahora «su hijo». La situación es teológica. En efecto, María sugiere a Jesús en Caná que realice el milagro del vino, un símbolo de los dones de la salvación, y Jesús, aunque obedece, rechaza la invitación de su madre. Ahora, sin embargo, coinciden los intereses, pues María adquiere la función de llevar a los discípulos hacia Jesús, al asumirlos como «hijos suyos en él»; como nueva Eva es la madre de todos los creyentes (Gén 3,20). En el tiempo actual María debe enseñar a todos los que se van integrando en la comunidad que reconozcan la presencia viva de Jesús (Jn 21,7), la relación salvadora que implica unirse a él y tomarle como un hermano que conduce al Padre en la dimensión del amor (17,24), pues el discípulo a quien acoge es el que ama Jesús (15,16). Ella queda en la tradición de la Iglesia como el paradigma de relación personal con Jesús, por quien se reciben todos los bienes del Padre. Por eso los cristianos la reciben en su casa como el más preciado de sus bienes, porque se aman como él los amó (Jn 13,1), y viven la fe en dicha dimensión cumpliendo sus mandamientos. María, en fin, es un tesoro, porque en este tiempo final también actualiza su maternidad en la medida en que sabe y ama, enseña y conduce al Reino por el camino de Jesús, que ella ya ha recorrido.
El discípulo amado es el que está junto a Jesús en la Última Cena y al pie de la cruz, pero también el que reconoce al Resucitado por la fe (Jn 21,7). El abarcar la vida histórica de Jesús y la de la resurrección, le acredita a mantener una función dentro de la comunidad cristiana de intérprete del «todo Jesús», del hijo de María y del Hijo, el Señor. La revelación que Jesús hace del Padre, su voluntad salvadora, la donación del Espíritu y la vocación filial a la que están llamados todos los hombres caen bajo la responsabilidad del discípulo amado, que debe discernir el mundo que rechaza al Hijo y ratificar a los que pertenecen al mundo de la luz, de la verdad y la vida. Que este discípulo permanezca en la historia hasta que Jesús vuelva en la Parusía (Jn 21,22-23) es una muestra de que es garante de la última y definitiva revelación del Padre al mundo por su Hijo.