Sobre nuestra trivialidad irreligiosa

Patricio Peñalver
Parto de una expresión de Virginia Woolf, “nuestra trivialidad irreligiosa”, y del contexto muy significativo en que se encuentra. La novelista y ensayista inglesa invoca con ceremonioso respeto a los grandes escritores rusos del siglo XX, Dostoievski en primer término. En ellos brillan los rasgos propios de la santidad, “si es que la compasión por el sufrimiento de los demás, el amor hacia ellos o el empeño por lograr algún objetivo digno de los requerimientos más exigentes del espíritu constituyen la santidad”. Precisamente en contraste con ese mundo novelesco ruso, donde hay santos, resalta “nuestra trivialidad irreligiosa”. En comparación con Chejov, Tolstoi y Dostoievski, la narrativa inglesa, incluso aquella que aspira a alguna novedad formal o técnica, queda mal: se mueve, demasiado, como pez en el agua, en el frío ambiente cortés de la clase dirigente británica, muy ajena ésta al combate entre santos y demonios que presentan los novelistas rusos. A la clase dirigente de la elitista sociedad inglesa pertenecían aquellos intelectuales (filósofos, novelistas, economistas, críticos, historiadores del arte) que se reunían en un piso de Bloomsbury en el centro de Londres, mayormente en torno a la inteligencia de Virginia Woolf. No hay que decirlo, eran todos ellos ateos profesionales, o en otro léxico, ateos esenciales. Se decían con la mayor convicción del mundo, entre ellos o a sí mismos, si venía al caso, lo que aquel necio famoso de San Anselmo: Non est Deus, no hay Dios, expresión ésta si cabe más negadora que la de “Dios no existe”. Pero donde menos se espera salta la liebre. La verdad profunda de los santos de las novelas rusas hace tambalear al intelectual ateo moderno, un personaje que quien más quien menos todo el mundo encuentra en una parte de sí mismo desde que el Zaratustra de Nietzsche proclamó, no ya que Dios no existe, sino que Dios ha muerto. La expresión a la que aquí doy un alcance que puede parecer desmesurado, “nuestra” trivialidad irreligiosa, supone una autocrítica, una duda al menos del ateo profesional. El caso es que el pasaje con el que un poco azarosamente me topo, escrito hace cosa de un siglo, podría aplicarse también a la trivialidad irreligiosa de ahora. Está muy extendida, se reconocerá. Cabe pensar que el problema, si lo es, y creo que lo es, se ha agravado. Hasta al menos la Segunda Guerra Mundial, coexistían en Europa grupos minoritarios de intelectuales en sentido amplio (científicos, filósofos, escritores, políticos) que profesaban un ateísmo explícito o un agnosticismo implícito, con una gran parte de la población que mantenía en cambio las tradiciones religiosas, y tanto en el Sur católico como en el Norte protestante. Después del 45, y de la Guerra Fría, el ateísmo profesional de los intelectuales ha ido pasando en forma de indiferencia religiosa a las masas de las sociedades de consumo. No hacen falta estudios estadísticos, el hecho sociológico de que la práctica religiosa ha devenido poco menos que testimonial en Europa se le impone a cualquiera que quiera ver. Sí haría falta algún estudio, pero no de tipo estadístico, más bien de sociología comprensiva, para determinar el sentido de “nuestra trivialidad irreligiosa” de ahora. Hay, por lo pronto que comparar: la indiferencia religiosa, en general poco agresiva, de las nuevas masas de Europa, contrasta con el resto del mundo, (dejando aparte el materialismo de Estado del actual régimen de China, que reclama una consideración aparte). China aparte, entonces, en la mayor parte de las sociedades del planeta, “hay” religión. El caso de Estados Unidos, parte de lo que llamamos Occidente, es muy notable, por su diferencia respecto a Europa, y por su especial tolerancia para con la religión, también para con las diferencias religiosas. Sesudos estudiosos, críticos del suelo teológico de la cultura europea hasta mediados del siglo XIX, pretenden a veces explicar la desaparición de la religión en este relativamente pequeño cabo de Asia que es Europa a partir del cristianismo: habría sido precisamente la lógica interna del cristianismo, la historia dramática de la muerte del Hijo de Dios, la que llevó a la inteligencia europea, y luego a las masas, a una posición atea. Y luego a una indiferencia. Y luego a esa trivialidad irreligiosa que a veces puede sorprender por su descaro, por su “naturalidad” en muchos muchachos jóvenes por lo demás acaso extraordinarios en otro orden de cosas. Ciertamente la trivialidad puede ser también precisamente religiosa. Religiosos “triviales”, si es que no de mala fe, debió haber muchos entre nuestros abuelos y nuestros bisabuelos, que en Gloria estén. Pero ahora sugiero la necesidad de reflexionar sobre los peligros de una instalación aparentemente tranquila en la trivialidad irreligiosa. Parece medicina demasiado fuerte y en realidad inaplicable la lectura de las novelas de Dostoievski, con todos sus espléndidos y desgarradores santos, y demonios. Más hacedero y prudente sería entonces recordar que el núcleo esencial de la religión es moral. Lo explicó Kant con todo el aparato crítico de la razón moderna. Pero la invocación de lo divino en Sócrates y Platón estaba ya vinculada a la excelencia, a la virtud, la valentía la primera de ellas. ¡A ver si la aparentemente inocua trivialidad irreligiosa puede ser un síntoma, no digo una causa, de la trivialidad inmoral del individuo cobarde que todos ya en parte somos, pero que todos debemos intentar no ser!