César SACO ALARCÓN (1933-2005).

Franciscano, miembro de la Comisión Escotista. El P. César Saco nació el 24-III-1933 en Taboadela (Orense, España). En 1945 ingresó en el seminario menor de Herbón, perteneciente a la Provincia franciscana de Santiago de Compostela (España), de donde pasó a hacer el noviciado en Santiago. Hizo la profesión temporal el 25-VIII-1950. Cursó los estudios eclesiásticos en los centros franciscanos de Puenteareas y Santiago. Recibió la ordenación sacerdotal el 6-IV-1957. Estudió ciencias naturales en la Universidad civil de Santiago de Compostela (1958-1960). En 1961-1962 fue profesor de música, física y química en el colegio seráfico de Herbón, donde dejó un grato recuerdo entre sus alumnos.

El 25-XI-1964 empezó su labor en el Antonianum de Roma, tarea que realizó sin interrupción hasta su muerte. Además de dedicarse con todas sus fuerzas al trabajo de la Comisión Escotista, el P. César obtuvo la licencia (1970) y el doctorado (1978) en teología, en el Pontificio Ateneo Antonianum, con una magnífica tesis que llevaba por título: Nicolás de Ockham ofm († c. 1320). Vida y obras (cf. Antonianum 53, 1978, 493ss). De ese mismo autor publicó en 1981 una edición crítica de las Quaestiones disputatae de dilectione Dei (Grottaferrata, Spicilegium Bonaventurianum vol. XXI, pp. 330), y, en 1993, las Quaestiones disputatae de traductione humane naturae a primo parente (Grottaferrata, Spicilegium Bonaventurianum, vol. XXVII, pp. 460). A pesar de esa intensa labor intelectual, el P. César fue muy activo en la atención pastoral a diversas comunidades religiosas y a los ancianos y enfermos que ellas atendían. Fue también profesor y ecónomo del Pontificio Ateneo Antonianum, vicario y discreto de la casa. Quienes hemos tenido la suerte de compartir algunos años con él, damos gracias a Dios por el don precioso que en el P. César nos ha regalado. Falleció en Roma el 19 de febrero de 2005. Murió como había vivido, en la paz que es fruto del Espíritu Santo. Una religiosa de las Carmelitas de San José de las que fue capellán, escribía: «Con una dedicación admirable confortaba a los enfermos y animaba al personal sanitario a proseguir con su tarea. Los sábados visitaba pacientemente a cada uno de los enfermos escuchándoles con atención, bendiciéndoles y animándoles a confiar en el Señor. A todos exhortaba también a tener una devoción profunda a nuestra Madre, la Virgen María. Sus palabras y su ejemplo eran el mejor testimonio. A su lado era más fácil afrontar con fe las situaciones de dolor y enfermedad. Su presencia infundía siempre esa serenidad y confianza que sólo puede dar el Espíritu de Dios». [Cf. Acta OFM, 2005,152s].

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