La muerte de Jesús en el Evangelio de Juan.
Historia y memoria

Estela Aldave Medrano
La obra trata de la pasión y muerte de Jesús desde la perspectiva histórica (1); a continuación se centra en la glorificación de Jesús, uno de los temas más importantes del cuarto Evangelio (2); se pasa, en el capítulo siguiente (3), al centro de este estudio, que es el relato de la pasión con la afirmación de la realeza de Jesús; y termina la obra con dos capítulos (4-5) dedicados al momento de la muerte y su dimensión eclesiológica con las relaciones que la pasión y muerte tiene con todo el Evangelio: la revelación de Dios, su amor y entrega como aspectos fundamentales de su imagen.― El Evangelio de Juan no pretende secuenciar la historia de Jesús de una manera objetiva, como Marcos, Mateo y Lucas; relata la memoria de Jesús del discípulo amado y de las comunidades y las interpretaciones subsiguientes. No obstante, se pueden aislar datos históricos de Jesús en su pasión y muerte, porque él es la Encarnación de la Palabra de Dios. Tenemos la aristocracia sacerdotal de Jerusalén, que veía un peligro en la creciente atracción de Jesús en el pueblo y, por tanto, un serio obstáculo para el entendimiento que en ese tiempo tenían con la autoridad romana que gobernaba Judea. Juan cuenta la reunión del Sanedrín en la que Caifás opina la conveniencia de que Jesús muera antes de violentar al poder romano (cf Jn 11,48-50). También narra el Evangelista la contestación al templo (cf Jn 2,13-22), situada al principio del Evangelio y desconectada con la condena de Caifás, más unida, por otra parte, a la influencia en la gente por la resurrección de Lázaro (cf Jn 11,45-53). El relato sigue con la oración en el huerto de Getsemaní, su prendimiento por las autoridades judías, la intervención de Judas, la comparecencia ante Anás y Pilato, quien dictaminó la sentencia a la muerte de Jesús en cruz por hacerse rey, y la sepultura realizada por José de Arimatea.
Es original el Evangelio en la interpretación que hace de la muerte de Jesús como glorificación y exaltación; ha llegado la hora de la muerte del Hijo de Dios, pero, a la vez, es la hora de su gloria (cf Jn 7,30; 8,20; 12,23-27; 13,1; 17,1). Con la experiencia de la Resurrección, la comunidad cristiana ora y reflexiona de que la muerte en cruz no tiene el significado romano de la peor muerte y mayor ignominia que puede sufrir un hombre, sino, justo al revés, es un momento de gloria para el crucificado Jesús: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti» (Jn 17,1). Pero la gloria hay que verla también en Getsemaní, donde se da el contraste de la violencia de los guardias judíos y los soldados romanos y la postura pacífica de Jesús que, capturado y atado, no se altera, mostrando así su autoridad.― La actitud pacífica y de autoridad de Jesús aún se muestra con más énfasis en el relato central del pasión: cuando se le nombra rey. Así sucede en la entrada a Jerusalén con sus discípulos como un rey vencedor, precisamente el que fue víctima del poder romano; y a lo que se une el recibimiento de la gente con ramas de palmera (cf 2Mac 10,7). La presencia romana se ve también cuando Juan llama al mar de Galilea Tiberíades, alusión al emperador Tiberio; las autoridades judías tienen en cuenta a las romanas, en la reunión del Sanedrín que condena a Jesús; cuando habla del príncipe de este mundo, aludiendo al poder imperial y al diálogo con Pilato sobre la palabra y función de la realeza. Se relaciona el poder del Emperador con la predicación central de Jesús sobre el Reino, entendido como usurpación al poder de Tiberio, de ahí el rótulo que decía el motivo de la condena en cruz: es el crimen de lesa majestad, aplicado por la autoridad legítima. Jesús ante Pilato muestra la autoridad de su palabra frente a la conducta violenta del Prefecto, aunque le conceda un diálogo y un momento de defensa. Jesús, vestido de forma real, pero atado, azotado, con corona de espinas y presentado así ante el pueblo, es ridiculizado. Son los contrastes típicos de Juan: luz y tinieblas, gracia y pecado, vida y muerte, etc. Nadie ayuda a Jesús a llevar la cruz ni muere con un grito: Jesús domina la situación más dolorosa de su vida. «Dios hace uso de la crucifixión para dar gloria y honor a Jesús y, con él, a los perseguidos y marginados por el Imperio» (95).
Los dos capítulos finales tratan de la dimensión eclesiológica de la pasión. Refieren el grupo que sigue a Jesús con la cruz ―María, su madre, la hermana de su madre, María, mujer de Clopás y María Magdalena―, aunque Juan no presente a nadie que le ayude, como aparece Simón de Cirene en los Sinópticos. Al pie de la cruz sitúa al discípulo amado y a su madre María, las últimas palabras: «tengo sed» y «todo está cumplido», la muerte la sufre sin aspavientos ni gritos, simplemente inclina la cabeza y entrega su espíritu, y, después de morir, se le da la lanzada en el costado. Termina el texto con una reflexión teológica de la pasión: el amor y la entrega son los dos rasgos de Dios que sobresalen a lo largo del Evangelio y que, desde el principio, se presentan como el motivo de la Encarnación: «Porque tanto amó Dios al mundo…..» (Jn 3,16-17).
PPC, Madrid 2024, 157 pp., 12 x 19 cm.