LA ÉTICA EN JESÚS DE NAZARET

                   Pedro Ortega Ruiz           

Rastrear la conducta de Jesús de Nazaret en los textos evangélicos nos lleva a constatar que ésta responde a un patrón de conducta o modelo de vida: la ética de la compasión. Al igual que todos los humanos, Jesús dejó huellas inconfundibles en su modo de pensar y vivir. Es fácil encontrar en él una línea continua en su conducta: su preocupación por los marginados, enfermos, proscritos…, y su defensa de la preeminencia del ser humano sobre el cumplimiento de la Ley. Esta defensa le situó en una posición comprometida con las autoridades religiosas y políticas de su tiempo. Ponerse del lado de los pecadores y proscritos, de los marginados, y anteponerlos al cumplimiento de la Ley de Moisés, constituía un desafío intolerable al orden establecido. Su predicación y sus hechos testimonian un “modo nuevo” de relacionarse el hombre con los demás: la misericordia: “… él paso haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo” (Hech. 10, 38). Hizo de la misericordia y el perdón, incluso a los enemigos, la seña de identidad de su conducta (Mt. 5, 43-47).

En la conciencia colectiva de muchos creyentes hay cierta reticencia a ver a Jesús como igual a nosotros, y lo perciben como un ser tan extraordinario que más bien parece pertenecer a “otro mundo”. Con ello, la humanidad de Jesús se diluye y sólo se ve en él la “apariencia” de un hombre, no alguien real y físicamente humano, de carne y hueso, un ser corpóreo. El Concilio Vaticano II afirma la humanidad de Jesús de un modo contundente: “… trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado” (Gaudium et Spes). En su corporeidad Jesús vivió la incertidumbre y el riesgo; experimentó el hambre, la sed, el cansancio, el sufrimiento, la tristeza…; pero también el gozo, la alegría, el amor, la amistad… “Se hizo en todo igual a nosotros, excepto en el pecado” (Hebr. 4, 15). Las experiencias que pudieron vivir sus contemporáneos, Jesús las pudo vivir también, todas menos aquellas que se derivan del pecado. Vivió la infancia, adolescencia, juventud y adultez como cualquier otro niño, adolescente, joven y adulto de Nazaret. Fue uno más de los habitantes de la aldea de Nazaret, en Galilea.

El “abajamiento” de Dios, al hacerse hombre, nos escandaliza, nos desconcierta. Pero esta tentación viene de antiguo. Jesús ya fue “escándalo para los judíos, necedad para los gentiles” (Icor. 1, 23) de su tiempo. Su condición divina no le libró del suplicio de la crucifixión, de la angustia por el abandono de su Padre y de los suyos. La lectura del relato escalofriante de su pasión y muerte en la cruz que nos dan los textos evangélicos, es el mejor antídoto contra la tentación de verlo como un ser “fantástico”, un personaje de ficción. Jesús, “nacido de mujer, nacido bajo la ley” (Gal. 4, 4) fue un judío desconocido durante la mayor parte de su vida, un judío marginal que rompe la imagen fantasiosa que de él nos han presentado algunos escritos apócrifos (de antes y de ahora). Jesús fue un ser humano con las mismas limitaciones y potencialidades que pudiera tener cualquiera de nosotros. Conoció el éxito y el fracaso, el acierto y la frustración. Su proyecto de vida no le fue dado, lo tuvo que construir en la incertidumbre, en la duda y la inseguridad, desde y en las experiencias de su entorno socio-familiar, como cada uno de nosotros. Su vida ética (tener que responder del otro) no fue un “camino de rosas”. Jesús fue uno de los “nuestros”, nos pertenece.

La lectura de los evangelios nos presenta a un hombre muy sensible a la situación concreta de los demás: los enfermos, pecadores públicos, marginados…, a los descartados de su tiempo. Los relatos evangélicos nos muestran que Jesús distinguía muy bien qué era lo prioritario para él, qué principio ético guiaba su conducta. Y siempre tenía como referente al ser humano. Podía haberse adaptado al estricto cumplimiento de la Ley de Moisés, como hacían los fariseos. Pero su conducta inequívocamente estaba al lado de los que necesitaban ser acogidos, ser compadecidos, aliviados de sus sufrimientos, aunque tuviera que dejar a un lado la estricta obediencia a la Ley. Para él, la Ley no constituía un valor absoluto, la preeminencia estaba en el ser humano: “No es lo que entra en la boca lo que hace impuro al hombre, sino lo que sale de la boca, eso es lo que hace impuro al hombre” (Mt. 15, 11). De forma clara y atrevida Jesús afirma la preeminencia del hombre sobre la Ley: “El sábado ha sido instituido para el hombre, y no el hombre para el sábado” (Mc. 2, 27).

Jesús, con su palabra y sus hechos, propone un modo nuevo de entender la relación del hombre con “el orden establecido”: la preeminencia de todo hombre o mujer sobre la materialidad o letra de los preceptos judíos. La conducta de Jesús con los pecadores, los marginados, los enfermos, relatada ampliamente en los textos evangélicos, describe a un hombre que ha hecho de la ética de la compasión una constante de su vida. El relato evangélico de Lc. 10, 30-38, en el que se narra la parábola del samaritano, es el paradigma del modo nuevo de relacionarse el hombre con los demás; representa el culmen de la ética del judío Jesús de Nazaret. Si nos detenemos a examinar este texto evangélico, encontramos dos respuestas muy distintas frente al hombre herido en el camino que va de Jerusalén a Jericó: una, la moral del sacerdote y del levita, y otra, la ética del samaritano. La respuesta moral sólo tiene en cuenta cumplir con la Ley como valor absoluto. Por ello, el sacerdote y el levita, cumplidores de la Ley de Moisés, no pueden acercarse al hombre herido, un extranjero, para no caer en la impureza. Estos no actúan de “mala fe”, moralmente mal, no cometen delito alguno ignorando al hombre herido, al contrario, se muestran personas observantes de la Ley dignas de ser imitadas. La respuesta ética del samaritano se sitúa en otro plano muy distinto: en el de la compasión que no se atiene a normas o leyes, sino a la ley que dicta el hombre herido, la ley de la compasión. Y ésta nace del sentimiento, de las entrañas de misericordia ante el sufrimiento del otro. No es fruto de una reflexión sobre la dignidad de la persona, sino de una conmoción interior (se le removieron las entrañas, dice el texto sagrado) ante el sufrimiento del otro. Es un sentimiento “cargado de razón” que se rebela contra todo lo inhumano. En esta ética de la compasión se movió Jesús durante toda su vida.

Jesús, en la parábola, defiende al samaritano y se sitúa en el ámbito de la ética, no de la moral. El samaritano no invoca principio moral alguno para atender al hombre herido, sólo tiene delante el sufrimiento de un hombre apaleado y abandonado. Es el sufrimiento de un hombre herido el que impulsa al samaritano a curar sus heridas; es un “extranjero” herido, quien le rescata de su indiferencia, del santuario de su “yo” para salir al encuentro del otro en su situación de necesidad, quien le obliga a bajar de su cabalgadura (“salir de sí”) y curar al hombre herido. La pregunta de Jesús: “¿Cuál de estos tres te parece que vino a ser prójimo del que había caído en manos de los ladrones?” es desconcertante para el doctor de la Ley: Jesús no pregunta ¿quién es mi prójimo?, sino de quién soy yo prójimo. Lo relevante no es el “prójimo”, sino la “projimidad”, la relación que me vincula con el otro. Es el otro quien define mi relación con él. La respuesta a la pregunta “substancial”: ¿quién soy yo? sólo se puede dar si antes respondemos a otra bien distinta desde la ética: ¿quién es el otro?, desde mi relación con él.

Este concepto del hombre que nos propone Jesús de Nazaret nos obliga a dar un rodeo, a “pasar” por el otro. En el relato evangélico lo relevante no es saber quién cumple con el deber moral de obedecer a la Ley, sino quién da una respuesta ética a la demanda del otro. Todos los actores de este relato tienen moral, pero sólo uno, el samaritano, da una repuesta ética, y la da en contra de su código de “buena conducta”. Su respuesta no encaja en la moral del “deber cumplido”. Si se hubiera sometido a la ley, no se habría detenido a ayudar al hombre herido, hubiese pasado de largo, como hicieron el sacerdote y el levita. La posición ética de Jesús es muy clara a través de los textos evangélicos. Muestra una actitud permanente para acoger a los proscritos y pecadores, a los enfermos y a los descartados de la sociedad. Es un hombre que cumple con la Ley de Moisés, que regularmente va a Jerusalén a dar culto a Dios en el Templo; es un hombre religioso, no un rebelde al judaísmo, que antepone la compasión con el necesitado al cumplimiento de los preceptos judíos. Se mueve en el ámbito de la ética.

Jesús nos lleva a ver en el otro nuestra propia imagen, aquello que somos cuando afirma: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme… En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt. 25, 35-40). En este texto paradigmático de la solidaridad compasiva no es Jesús el único que es compadecido, en él (Jesús) estamos todos representados; no es sólo a Jesús a quien se acoge y consuela; en cada enfermo, encarcelado, en cada persona que sufre estamos también cada uno de nosotros; más aún, en cada uno que acoge y consuela también está cada uno de nosotros acogiendo y consolando. Somos cada uno de nosotros el hambriento y el sediento, el forastero y el desnudo, el enfermo y el encarcelado. Y también somos cada uno de nosotros quien acoge y consuela.

Llevar la ética de Jesús de Nazaret a la vida pública, en la sociedad de hoy, supone remover las vigas maestras que han configurado nuestras instituciones y nuestro modelo de vida. Supone dejar a un lado una larga tradición asentada sobre una cultura moral que ha hecho de la norma o ley un valor absoluto. Es la moral idealista que se desentiende del ser humano concreto, para refugiarse en el mundo de las “bellas ideas”; que ignora la realidad histórica del ser humano para juzgar u orientar conductas que solo encajan en su mundo cerrado y seguro, a resguardo de cualquier otra interpretación “heterodoxa”. En la raíz de esta posición moral subyace una antropología idealista del hombre, alejada de lo que de él sabemos por la experiencia: un ser limitado, contingente, vulnerable, sometido al dolor y a la muerte; un ser siempre en “despedida”.

La conducta de Jesús cobra todo su sentido si se enmarca en la ética de la compasión, en la preeminencia del ser humano sobre la ley. Es la trascendencia, entendida como fuerza, intriga, tensión que nos impulsa a salir de nuestro “Yo” autosuficiente para convertirnos en un ser para el otro. Nuestra condición humana es un regalo, un don que viene del otro. Nadie es humano por sí mismo, nos hace humanos el otro cuando invoca nuestro nombre en demanda de ayuda y cuidado; es el tener que responder del otro (responsabilidad) lo que nos hace humanos; es el estar siempre en deuda con el otro, en permanente renuncia a nuestro “yo” lo que nos hace humanos. “Trascender” a nuestro “yo” para instalarse en el otro, “pasar a la otra orilla”, en un viaje sin retorno, es la condición necesaria para una vida ética.

La lectura de los textos evangélicos desde esta clave de interpretación nos ayuda a explorar “otro modelo” de vida personal y social que se fundamente no en el “Yo” autosuficiente de la filosofía cartesiana, sino en el Otro, en un concepto del hombre como ser para el otro (dativo). “Un ser humano está hecho de tal manera que no se realiza, no se desarrolla ni puede encontrar plenitud “si no es en la entrega sincera a los demás”. Ni siquiera llega a reconocer a fondo su propia verdad si no es en el encuentro con los otros”, escribe el Papa Francisco en Fratelli Tutti, n.º 87.

Esta lectura de los textos evangélicos favorece la construcción de una sociedad fundamentada sobre los lazos de la fraternidad y de la solidaridad compasiva, lejos de los principios que alumbraron el modelo de sociedad y de hombre al que nos llevó la Ilustración; la que, junto al progreso científico y técnico, también tiene en su “haber” un innegable deterioro en el desarrollo ético-moral que se manifiesta en la injusta distribución de la riqueza, en la utilización del ser humano como un mero instrumento de producción, en la creciente subordinación del individuo a los intereses del Estado…

Hay un extendido anhelo de justicia y de paz que atraviesa todos los continentes y pueblos; un anhelo de que la injusticia de este mundo no tenga la última palabra. Pero esta justa y apremiante aspiración sólo puede venir del compromiso de hombres y mujeres en la tarea de hacer posible “otro mundo” y otro orden social, cimentado en “otro modelo” de hombre y de sociedad, es decir, en el ser humano abierto al otro, solidario con el otro, en el samaritano que va de camino de Jerusalén a Jericó. Y a este camino de compasión todos estamos convocados: “Vete, y haz tú lo mismo” (Lc. 10, 37). Todos somos el hombre herido junto al camino; todos llevamos marcada en la frente la señal de la vulnerabilidad, del sufrimiento, de la necesidad; y todos estamos llamados a ser el samaritano que baja de su cabalgadura para ayudar y cuidar al ser humano abandonado y humillado. “Desde la intimidad de cada corazón, el amor crea vínculos y amplía la existencia cuando saca a la persona de sí misma hacia el otro. Hechos para el amor, hay en cada uno de nosotros “una ley de éxtasis: salir de sí mismo para hallar en otro un crecimiento de su ser” (Papa Francisco en: Fratelli Tutti, n.º 88). 

No nos es permitido reclamar nuestra dignidad, hasta que al otro no se le restituya la suya. La ética empieza y acaba en el otro, en la causa del otro, en la acogida al otro. Es una muestra de responsabilidad, es decir, es un acto de amor. “La justicia nace del amor… El amor debe siempre vigilar a la justicia… En la teología judía… Dios es el Dios de la justicia, pero su atributo principal es la misericordia”, escribe el filósofo judío E. Levinas en su obra: Entre nosotros. En esta ética de la solidaridad compasiva, de la ética del amor, trazó Jesús de Nazaret las señas de identidad de su vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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