La Ascensión (B)

Del Evangelio según San Marcos 16,15-20.
En aquel tiempo se apareció Jesús a los Once, y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos».Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.
1.- Jesús entra en la gloria del Padre y termina la misión de amor y amor salvador y misericordioso que le ha mandado (cf Jn 1,14). El Logos se encarna, el Hijo es enviado para que se recupere la dignidad de los hombres y el sentido que tuvo la creación, como promesa y objetivo, al principio del tiempo. Ahora le toca a los discípulos continuar con el «Alegre Mensaje», con la «Buena Noticia». Y Jesús les manda a toda la creación (Mc 13,10). Israel ya no tiene la prioridad de la evangelización y la salvación. Esta está ahora vinculada a los que crean en el mensaje de Jesús y a los que se bauticen y es ofrecida a todos los hombres. Las señales que acompañan la predicación de los discípulos son lo que sigue a su testimonio de vida y a su palabra: el mal retrocede, o se enquista ante el bien, la esclavitud cede ante la libertad y dignidad humana, la mentira es superada por la verdad. Y esto es el comienzo de un camino que seguimos andando hoy.
2.- Jesús, antes de adentrarse en la gloria divina, manda a los discípulos que vayan a todas las culturas para proclamar la salvación universal, porque el Dios, que ha vivido y proclamado, es de todos. No es sólo de los judíos, o de los cristianos, o de los musulmanes, o de cualquier otra religión o credo. Dios es de todos, y todos merecen conocerlo y salvarse. De ahí que la identidad de Jesús, la Persona divina del Logos encarnada, siempre la hayan comprendido los cristianos como el hombre universal. Pero no es el hombre universal diseñado en los libros o descrito en las ideologías, o definido en las teologías, sino es universal porque ha vivido lo que todos experimentamos como gozo y dolor, como amor y cruz. Y él convierte esa experiencia en amor crucificado, capaz de orientar la vida hacia los objetivos de su plenitud y felicidad. Por eso tiene la Iglesia el sagrado deber de hacer discípulos en todos los pueblos; de dar a conocer a aquél que es la fuente de la felicidad y el gozo.
3.- Los discípulos de Jesús debemos ser conscientes de que no estamos solos en la misión de hacer presente el Reino que él predicó e inició con su presencia en Galilea. Jesús nos acompañará todos los días de nuestra vida. Él con el Espíritu suyo y del Padre harán que veamos en la naturaleza creada el vestigio de su vida, porque «todas las cosas fueron creadas por él y para él» (Col 1,16). Jesús promete: «donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20). Está presente especialmente cuando la comunidad cristiana escucha su Palabra (cf Lc 24,32) y celebra la Eucaristía: «Y, tomando pan, después de pronunciar la acción de gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía”. Después de cenar, hizo lo mismo con el cáliz, diciendo: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros” (Mc 14,19-20). Y nunca los cristianos podemos olvidar dónde vive especialmente Jesús, porque en ello nos va la salvación: «Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”. Entonces los justos le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?”. Y el rey les dirá: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”» (Mt 25,34-40).
MEDITACIÓN
4.- Jesús se presenta con la autoridad propia del Hijo de Dios, que ha cumplido la misión que el Padre le ha encomendado, y manda a los discípulos a proseguir la salvación que él ha iniciado en Galilea. La manifestación triunfante de la subida a la gloria del Padre y su autoridad, la ha alcanzado Jesús por medio de una vida sencilla y humilde que él no duda en entregarla por amor para salvar a sus hermanos. Jesús ha sido fiel y obediente al Señor: ha rescatado del mal a todas las criaturas nacidas del corazón amoroso del Padre. Nos lo recuerda San Pablo en un himno muy querido por San Francisco: «El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre» (Flp 2,7-9).
5.- Jesús manda a los discípulos, es decir, a todos nosotros constituidos en comunidad, a continuar la labor salvadora que él ha realizado en su misión en Palestina. Y la raíz del mandato universal proviene de su experiencia del Padre, que es el Señor de todos los pueblos, que no sólo de Israel. Esto nos obliga a salir de nosotros: de nuestros parientes, amigos, vecinos, a no tener acepción de personas según la raza, la lengua y la nación. La Iglesia, y nosotros, que la formamos, debemos centrarnos en las esperanzas que anidan en todas las culturas, para darles motivos para vivir y vivir amando, y para que el poder, junto a los intereses que lo avalan, no someta a los pueblos y los esclavicen. Nosotros, como comunidad eclesial, tenemos el sagrado deber de cumplir el mandato de Jesús de anunciar el Evangelio con una dimensión crítica, denunciando todos los infiernos en los que se abrasan los pueblos, y, a la vez, con una dimensión formativa, para que vivan la esperanza de una salvación progresiva en nuestra historia y una salvación plena al final de nuestros días.
6.- Jesús asciende a la gloria del Padre. Pero debemos ser conscientes de que no vivimos solos; que no estamos solos en esta vida; que no caminamos a la intemperie sujetos a los vaivenes de los que pretenden manipularnos, gobernarnos y someternos a sus caprichos, poderes e intenciones. Podemos estar tristes y abatidos; podemos experimentar la alegría de vivir y el gozo interno de estar en paz; en uno y otro caso, siempre estamos acompañados. Nunca vivimos solos. En el sufrimiento para que nos duela menos; en la alegría para que sea más intensa y duradera. Jesús está en nuestro corazón, es dueño de nuestras almas, que compró con su preciosa sangre (cf 1Cor 6,20), por eso «somos templos del Espíritu Santo» y con nuestra vida damos culto a Dios. No; no estamos solos; Jesús nos acompaña siempre, porque nos quiere más que nosotros a nosotros mismos. Lo único que pide es que dejemos un hueco en nuestra vida. Que nuestro egoísmo no la ocupe toda. Algún resquicio debemos dejar abierto para que él pueda entrar y modificar nuestras actitudes básicas y principios racionales: orientarlos todos hacia el bien.