SANTÍSIMA TRINIDAD

R. Sanz Valdivieso OFM
San Agustín dice: Deus semper idem, noverim me, noverim te = que te conozca a ti, que me
conozca a mí (Soliloquios II,1) y san Francisco rezaba en el Monte de La Verna: “¿Quién
eres tú, dulcísimo Dios mío? – ¿Quién soy yo, inútil siervo tuyo?” (Consideraciones sobre las
llagas, III). Dos formas de disponer la mente y el corazón que con estas dos grandes
personas nos señalan una experiencia vital madurada en el silencio interior animado por
el anhelo de saber / conocer quién es Dios; comprender no sólo al SER trascendente,
infinito, que es el origen y la meta de todas las cosas creadas, también que es el amor que
se ha revelado plenamente en Cristo, como su palabra revelada nos indica. Es importante
tener presente esa disposición de la mente y del corazón porque probablemente “el
hombre sin Dios deja de ser humano” (N. Berdiaev, Nuovo medioevo, Fazi editore, Roma
2017).
Borrar a Dios, o intentarlo, de la existencia significa, también, borrar o cancelar al
mismo ser humano como nos han dado suficientes pruebas los hechos violentos que
han promovido y llevado a cabo tendencias ideológicas ateas, o paganas (comunismo,
nacionalsocialismo, radicalismo fanático) en el pasado siglo XX y en la actualidad. Hace
unos años se movió una propaganda curiosa que se presentaba con aires de progresismo:
“la mala noticia es que Dios no existe”, pero “la buena es que no lo necesitas”; se
anunciaba incluso en los reclamos publicitarios de algunos autobuses urbanos,
promovida por un laicismo ciego y de tono un poco dogmático, contradictorio en
quienes pedían liberarnos de las supersticiones religiosas.
Cuando Jesucristo les pedía a los discípulos “creed en Dios y creed en mí”
anunciaba su retorno al Padre y les enseñaba que Él es el camino, la verdad y la vida, y
no hay otra vía para llegar al Padre, porque quien le ve a Él ve al Padre, y envía el Espíritu
que nos garantiza con su presencia la verdad de esta presencia. Por el hecho mismo de
llamar a Dios “Padre mío” se distingue claramente del Padre, y como encarna la cercanía
de Dios, haciéndose uno de nosotros, quiere decir que el único Dios no sólo es Padre,
lo es también de un Hijo de su misma condición, así la relación personal comprende un
“yo” y un “tú”; al indicar que el Padre enviará otro defensor (Paráclito) se entiende
también el que el Espíritu Santo no se identifica ni con el Padre ni con el Hijo estando
en la unidad del mismo Dios.
Así desde la creación hasta la encarnación, en la redención y en la institución del
cuerpo místico (la Iglesia) con la santificación de las personas y de la vida humana en el
tiempo presente por obra del Espíritu Santo hasta la visión y participación en la gloria
de Dios en la vida eterna, se manifiesta el amor de Dios y, a la vez, su ser y su vida
trinitaria de reciproca coexistencia, la vida comunicada en la comunión de las tres
personas, de la que emana la plenitud de la vida originante que es el Hijo y la plenitud
del amor dinámico y fecundo que es el Espíritu; así se manifiesta la relación de tres
personas en la plenitud de su único ser, dejando también clara la generación y la
procesión que explican la suma sabiduría, la omnipotencia y la perfecta voluntad. La
Trinidad, en efecto, no se refiere sólo al ser humano y a su relación con Dios, a su
respuesta en el diálogo que nos propone, es también la forma de decirnos lo que Dios
es en sí mismo, porque Dios es tal cual se manifiesta; la revelación de la Trinidad es la
prueba del amor que Dios nos regala a los seres humanos tan cierta como la que se revela
en el Calvario. Por eso es lógico que el conocimiento de Dios vaya unido al amor a Dios
porque el amor es más valioso y comprometedor que el mero conocer; a Dios se le puede
amar aun sin tener mucha teología. Fr. Rafael SANZ OFM