YO, MUJER. HILDEGARDA DE BINGEN

    Elena Conde Guerri

                        El mes de mayo que ya concluye ha estado tradicionalmente consagrado en la devoción católica a la Madre de Dios. Los Padres de la Iglesia, ya en su tiempo, fueron descubriendo progresivamente que la irrupción de Jesús en este mundo y su misión redentora no habrían sido posibles sin María, esa jovencita escondida en un alejado terruño de la Palestina de entonces pero elegida por intacta, pura y fidelísima y que llegaría a ser “bendita entre todas las mujeres” según el vaticinio de su prima Isabel.

María todavía hoy nos sigue hablando, nos sigue inspirando y retando a todas nosotras, mujeres del complicadísimo  XXI, pero en esencia simples mortales, a ser mujeres un poco más “extraordinarias” en el sentido semántico del término. Estar fuera o por encima del ordo significaba superar de algún modo ese orden habitual y casi reglamentario de las cosas que garantizaba una estabilidad pero también podía uniformar y hastiar. Llevando esto al actual panorama femenino, en mi opinión (que obviamente puede ser discutida), la generalidad más visible que quieren vendernos, difundida también en los medios y en los escenarios colectivos al uso a veces con indisimulada intención, se vuelca en griteríos y reivindicaciones imparables teñidas de una larvada agresividad contra el sexo opuesto. Omito, como es lógico, agresiones físicas y vejaciones.  Retomar el equilibrio garante del secreto de la convivencia, implicaría el no vociferar, el no insultar, el no patear, el no minusvalorar al otro y un largo etc. Con estas urdimbres, los varones corren un gran peligro en esta frontalidad, el de diluirse poco a poco bajo la presión del desaparecer. Mala cosa, error antropológico gravísimo el matar a nuestra complementariedad y abolir los hermosos contrastes genéricos que ello implica. Lean a Platón. Pues la responsable de todo este panorama es, en gran medida, la ignorancia.

La mujer “extraordinaria” del presente debería ser respetuosa, sin lenguaje abrasivo, generosa con el prójimo, diligente y entusiasta en la iniciativa del manejo de sus talentos y cualidades y siempre valiente. Es decir, el rostro amable en el bifronte que ahora está de moda en la convulsiva pancarta de que la mujer estuvo siempre oprimida. Oportunamente y de golpe, casi sin pensarlo, me ha venido a la cabeza el ejemplo de una mujer peculiar: Hildegarda de Bingen. Esta alemana, de familia noble, nace en 1098 y en sus ochenta años de vida contemplará episodios bélicos, eclesiásticos, luchas contra los herejes  y hasta Concilios y Cruzadas de gran complejidad. Por el contrario, en su vida personal se zambulló en bibliotecas extraordinarias y en unos procesos escalonados de depurada introspección casi mística. Sobre 1112 se hace monja benedictina. Proclive a las visiones desde niña, peregrina, poetisa, teóloga y conocedora de la botánica, llegó a captar la atención del Papa Eugenio III, ella, una mujer, que en el Sínodo de Tréveris de 1147 la valoró y dio participación. A partir de 1151 y con veinte monjas más, se entregó a restaurar en todos los sentidos el Monasterio de Rupertsberg donde morirá en septiembre de 1179 no sin antes haberse enfrentado con el Obispo de Maguncia y autoridades eclesiásticas por causa del Monasterio que ella mimaba como a su propio hogar.

Hildegarda, mujer de extraordinaria riqueza personal e intelectual y adelantada a su época. Podía haber sido igualmente una laica, ya célibe ya esposa y madre. Lo importante es que fue una mujer que entregó parte de su vida a escribir sobre disciplinas diversas, persiguiendo la gloriosa combinación del lema  ora et labora  para ensalzar más y más a Dios.   Su riguroso conocimiento de la botánica, que excluía la magia, también nos sorprende en el momento actual en que se observa un resurgimiento de los herbolarios y de la medicina natural. El agua soltada por las semillas de lino en cocción se hizo famosa para aliviar las quemaduras. La cocción en agua de hinojo, regaliz, artemisia, miel y azúcar todavía vive en el acervo popular como remedio eficaz para el reuma y la artritis. No obstante, lo que yo más valoro son sus maravillosos pensamientos que generalmente giran en torno a la estrecha relación entre Cristo y la Creación. No podía ser menos en una mujer consagrada y contemplativa de exquisita sensibilidad. Por ejemplo,” Dios quiso  que cada uno de los seres vivos tuviera una relación con las demás criaturas para liberarlos de la soledad” y “el hombre, centro de la creación, responde al amor de Dios como la llama al fuego”.  Bellísima cosmovisión adelantada al Poverello de Asís, considerando que éste nació en 1181.

Hildegarda  (nombrada Doctora de la Iglesia  por el Papa Benedicto XVI en octubre de 2012) bien podría ser la proa de una larguísima nave con popa abierta e interminable  donde cientos de mujeres ilustres en tantísimos campos del saber a lo largo de los siglos han interpelado y nos siguen interpelando en este mes de mayo, de pátina mariana, femenina y azul, para fomentar lo mejor de la esencia femenina. Con voluntad y determinación, sin opresión. Con generosidad y constancia. Muchas de las que reivindican por sistema lo hacen por ignorancia de la propia historia. Yo no hubiera conocido con tanto detalle la vida de Hildegarda de no haber leído el libro de Christian Feldmann, Hildegarda de Bingen. Una vida entre la genialidad y  la fe. Herder 2009. Además, está magníficamente traducido del alemán por un Profesor de nuestra Universidad de Murcia, Dr. en Historia Antigua pero, ante todo, profundo humanista. Parece que no hay excusa para leerlo.

 

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