CORPUS CHRISTI

Rafael Sanz Valdivieso OFM
La solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo es una fiesta que se prolonga en su manifestación externa y procesional, que venera el Sacramento porque es signo – el pan y el vino – de la presencia de Jesucristo con nosotros hasta el fin del mundo. El Sacramento del Cuerpo y de la Sangre son alimento y presencia que invita a la asimilación de la forma completa que permite la comida y la bebida para que sean parte de nosotros mismos. El evangelio de Lc que proclamamos hoy, la multiplicación de los panes y los peces, nos recuerda la palabra de Jesús sobre la Eucaristía, en la que Él mismo se ofrece como alimento que da vida y salva al mundo. A los judíos que discutían, ¿cómo puede éste darnos a comer su carne? (Jn 6, 52), les repite afirmaciones directas, realistas: “si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros” (Jn 6,53.55), dando lugar a un desconcierto de estos oyentes que piensan que “la doctrina es inadmisible” (Jn 6,60). Pero el don del amor infinito de Dios no puede entenderse si no nos situamos en esa misma dimensión del diálogo del amor.
Este alimento es vital para el creyente, porque participar en la Eucaristía es tomar el único modo de vivir, de participar en la vida eterna. Este pan de vida nos ofrece la intimidad más estrecha con el Señor, porque al recibirle establece su morada en nosotros y nosotros en Él. La oración prolonga esta intimidad que hace fecunda la gracia.
Decía San Cipriano, que “la Eucaristía hace la Iglesia” (Epist. 63, PL 4,384) y el Papa Juan Pablo II, retomaba la expresión (en su carta Ecclesia de Eucharistia, 16) para afirmar que la Eucaristía edifica la Iglesia, por la estrecha vinculación que entre ellas se manifiesta: No hay Eucaristía sin Iglesia, y no hay Iglesia sin Eucaristía, lo que nos lleva de la mano a la fe, cuyo dinamismo nos lleva a Cristo, iniciador de la fe efectiva, de la fe confiada e integradora, que es la que descubre en la Iglesia que la Eucaristía es presencia de Cristo y signo de vida para los que creen, a la vez que vinculo de unión fraterna de los que participan en el Cuerpo y la Sangre de Cristo y se reúnen en asamblea.
Si hablamos en términos más personales, la aceptación integral de su persona y de su origen divino (Jn 6,29.35.40) es el punto de partida de toda la celebración eucarística, pero además, la aceptación de Jesús por la fe activa lo que la fe anuncia, la vida eterna. Es de hecho un camino de plenitud que el Espíritu Santo – presente en los sacramentos de la Iglesia – porque lo que ahora ya se ha empezado se completará en la resurrección del último día, en la comunión plena.
En este día se celebra el día de “caritas”, de la caridad, que es la mejor forma de ser en la Iglesia testigos de Cristo, presente en nuestro mundo, por medio del sacramento de la caridad que es la Eucaristía, para creerlo, celebrarlo y vivirlo. Será el día adecuado para pensar que la caridad – el amor al hermano, al prójimo – no es lo frecuente como vemos en tantos pobres y para tantos débiles; como tampoco lo es la unidad por los muchísimos rechazos, intolerancias, por las frecuentes divisiones. Si la Eucaristía es vinculo de caridad, tenemos que revisar nuestros egoísmos, nuestras comodidades, y nuestra falta de compromiso. Pidamos hoy saber comulgar con todos los hermanos, para que todos sean respetados y ayudados.