Educar es un acto de amor

    Pedro Ortega 

Hablar de educar como un acto de amor puede parecer una provocación, rebajar su rigor y seriedad, propias de una actividad que se rige por criterios científicos. Y no es así. El error proviene de confundir educar con enseñar; son conceptos distintos con significados también distintos. La enseñanza no va acompañada, necesariamente, de la educación. Conocemos por la experiencia a personas muy instruidas, cultas y escasamente educadas. Los que miraban para otro lado, o permanecían indiferentes ante el exterminio judío en el Holocausto eran, muchas de ellas, personas cultas, instruidas, pero indiferentes al atropello del derecho a la vida, insensibles al sufrimiento de tantos inocentes. Esta conducta reprobable no pertenece a un pasado ya superado, es, también, una cuestión del presente. Hoy asistimos, con escandalosa indiferencia, a la muerte de seres humanos que huyen de la guerra y de la miseria, mientras se les cierran las puertas porque no son de los «nuestros» o ponen en peligro nuestro bienestar; asistimos avergonzados a la marginación y exclusión social de conciudadanos porque tampoco son de los “nuestros”, no hablan nuestra lengua, reduciéndolos al silencio, a la condición de extranjeros en su propia tierra. Y todo ello invocando el mito sagrado de proteger “nuestra” identidad cultural. Esta indiferencia, tan presente en nuestra sociedad, no es atribuible sólo a personas incultas, iletradas; forma parte, también, del código de conducta de personas de letras, instruidas y formadas en nuestras instituciones de enseñanza.

La acción de educar puede verse ayudada por los conocimientos que nos aportan las ciencias (sociología, psicología, biología…) para elaborar propuestas educativas que respondan a las necesidades de cada educando. El contexto socio-familiar y las características personales de cada individuo inciden, inevitablemente, en la educación.  Nadie es un meteorito caído del cielo, ni un eslabón, perdido en el tiempo, de la infinita cadena humana. Todos venimos a un mundo habitado por otros; todos tenemos una historia que nos condiciona y nos «explica». Ignorar nuestra herencia, nuestra «circunstancia» es exponerse a actuaciones arbitrarias, ocurrencias que llevan a resultados no deseables. Pero contar con la ayuda de los conocimientos de otras ciencias no garantiza el éxito del proceso educativo. La educación, como actividad que se ejerce en seres humanos, se resiste a ser «explicada» sólo desde la ciencia. En todo proceso educativo intervienen las creencias o convicciones éticas (valores) que rebasan el control de la ciencia. Sabemos qué es la tolerancia, la solidaridad, la justicia…, pero educar para ser tolerantes, solidarios, justos… no es objeto o tarea sólo del conocimiento, sino de la imitación de modelos que plasman en su conducta la tolerancia, la solidaridad, la justicia… Para educar se hace indispensable la  experiencia del valor al alcance de los educandos. Es decir, que los valores se hagan creíbles y realizables. Quizás sea la escasa credibilidad de los referentes del valor lo que explica el distanciamiento de las jóvenes generaciones respecto a las instituciones u organizaciones sociales. La credibilidad es nuestra asignatura pendiente. Se pueden hacer bellos discursos sobre la justicia, libertad, tolerancia,  solidaridad…, pero si estos valores no están reflejados en la conducta ciudadana todo el esfuerzo será un brindis al sol, una farsa más de una sociedad que hace del engaño una práctica cotidiana.

Educar exige coherencia, credibilidad en el educador; ser testigo (testimonio) de aquello que propone. Y la credibilidad del educador no viene de la mano de la ciencia, es más bien un compromiso ético con el otro y con el mundo, la voluntad de responder del otro y de la comunidad a la que pertenece. Significa entender la educación desde el otro, como ayuda y acompañamiento, no como transmisión de saberes o conocimientos; significa hacerse cargo del otro en el proceso de construcción de su proyecto de vida. Y entonces se teje entre ambos, educador y educando, una relación que trasciende la función técnica del profesor para situarse en el ámbito de la ética, es decir, de la responsabilidad. Se ha intentado tecnificar tanto la enseñanza que se la ha desnaturalizado, ha perdido su sentido originario de engendrar una nueva vida. Y ésta no se reduce a la adquisición de conocimientos y competencias, incluye, también, formas o estilos éticos de vida; incluye la humanización de la conducta personal y de la sociedad.

Para apropiarse del valor es indispensable que el educando se sienta atraído, seducido por el valor. Pero esto no es posible sin el testimonio de alguien que hace del valor algo valioso, atractivo, creíble y, además, realizable. La «pedagogía del héroe», tan frecuente en nuestro sistema educativo, solo ha conseguido fracasos y frustración en la tarea educativa de las instituciones de enseñanza. Ha ocultado al ser humano qué hay detrás de la historia «contada», que no siempre es la vida real del protagonista. Se ha ocultado el esfuerzo y el sufrimiento de tantos hombres y mujeres que antes de llegar a la «gloria» han pasado por dificultades y renuncias incontables Y éstas son las que los hacen humanos, ejemplos para todos, no sólo para unos pocos elegidos. El valor se transmite si el educador es testigo del mismo. Y lo es con su palabra y su testimonio. No basta con un discurso sobre la tolerancia y la solidaridad para transmitir los valores. El educador muestra, expone, da testimonio. Al igual que el músico o poeta tienen una especial sensibilidad que les hace ser buenos músicos o poetas, el educador sabe transmitir los valores sin necesidad de tener que explicarlos. Estos se hacen presentes en su silencio, en su mirada, en su modo de responder a la palabra y demanda del otro, en su modo de estar en el aula y afrontar la vida. Los valores se cuelan a través de todas las actuaciones del educador, encuentran múltiples rendijas para hacerse presentes, incluso a su pesar. Los valores éticos constituyen en los humanos una “segunda naturaleza”. Inevitablemente los valores (y los antivalores) se hacen presentes en nuestra conducta. A través de nuestra existencia vamos dejando huellas de nuestras creencias o convicciones, de nuestros valores, de cómo hemos afrontado la tarea de vivir y convivir. A través de nuestros valores se puede narrar lo que hemos sido y vivido. Son nuestro legado y testimonio, nuestra mejor memoria, aquello que siempre querríamos que permaneciera en la vida de los que vienen detrás de nosotros. También los antivalores reflejan el lado oscuro de nuestra existencia. Estos también dan testimonio de lo que hemos sido y vivido, de nuestro fracaso como humanos. Entender la vida como un paso fugaz, sin trascendencia alguna para   este mundo, es asumir nuestra inutilidad y nuestro fracaso, es privar a los otros de la aportación valiosa que cada vida humana lleva consigo, es negar la naturaleza ética (responsable) del ser humano. “Un ser humano está hecho de tal manera que no se realiza, no se desarrolla ni puede encontrar su plenitud “si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás”. Ni siquiera llega a reconocer a fondo su propia verdad si no es en el encuentro con los demás… la vida subsiste donde hay vínculo, comunión, fraternidad; y es una vida  más fuerte que la muerte cuando se construye sobre relaciones verdaderas y lazos de fidelidad. Por el contrario, no hay vida cuando pretendemos pertenecer sólo a nosotros mismos y vivir como islas: en estas actitudes prevalece la muerte”, escribe el Papa Francisco en Fratelli Tutti.                                 

Es necesario volver a las raíces de la educación, a su naturaleza inconfundible, y descubrir el auténtico papel del educador: ayudar al otro en la construcción de su proyecto de vida desde la ética como fuente de inspiración. Educar es la tarea más compleja, arriesgada y digna que tenemos los humanos. Es engendrar una vida humana. Y ésta no está en las manos exclusivas de los profesionales; es, por el contrario, responsabilidad de todos. “Todos los hombres son responsables unos de otros, y yo más que ninguno”, escribe E. Levinas, citando a Dostoievski. Educar sólo requiere una condición inexcusable: amar. Ello implica escuchar, salir de sí, asumir el papel de quien ayuda y no impone. Implica amar. Y quien no se atreva a amar, que no intente educar, porque educar es, en esencia, un acto de amor. 

 

 

 

 

 

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