Del Evangelio de Lucas 18,1-8.

En aquel tiempo, Jesús dijo una parábola a sus discípulos para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer. «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario”. Por algún tiempo se estuvo negando, pero después se dijo a sí mismo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme”». Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».

1.- La actitud orante debe ser permanente en cuanto surge de una existencia que se funda en Dios. La parábola ilustra bien que se debe orar sin cansarse, en toda ocasión, sea cual fuere el contenido de la petición y el estado en que se encuentre el discípulo. La viuda insiste ante el juez que se le haga justicia, cuando el abuso sobre ellas es muy corriente en aquel tiempo. De ahí que se traslade a Dios la insistencia de pedir justicia. Y sabemos que Dios es muy sensible a estas peticiones, p.e., cuando liberó a Israel de la esclavitud de Egipto ante las constantes peticiones de sus hijos (cf Éx 3,7-10).

2.- La insistencia, la perseverancia y la continuidad en la oración proviene del convencimiento que tiene Jesús de que el Padre siempre escucha y responde. Dios es más grande que el hombre, porque es más bondadoso, y por esta bondad todo queda sometido a las apreciaciones de bien que regulan sus relaciones con sus hijos en el marco de la libertad que permite el amor. Por eso recordamos la frase de Jesús: «¿Quién de vosotros, si su hijo le pide pan, le da una piedra?, ¿o si le pide pescado, le da una culebra?» (Mt 7,9-10). Esta apreciación nos lleva a un Padre pendiente de toda la vida y de toda vida humana, cuyas respuestas no necesariamente corren parejas a las peticiones. Por ello, la oración que vincula a Dios le deja a Él la solución última de los problemas y el porqué de los silencios aparentes ante las evidentes necesidades humanas (cf Mc 14,36par).

3.- Cuando oramos al Señor por cualquier necesidad, desistimos pronto si no vemos el resultado de nuestra petición. No entendemos los silencios de Dios ante las peticiones de ayuda. La queja del piadoso judío: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Sal 22,2) subraya un aparente alejamiento de Dios que se extiende a muchos hechos de maldad y sufrimiento que desmentirán su existencia o su solicitud por sus criaturas. Esta peligrosa y frecuente conclusión se deriva de forjarse dioses a la medida del hombre, o de dibujar a Dios fundándonos en las proyecciones de los ideales y fantasías humanas. Los ídolos se erigen para asegurar los poderes institucionales, y las peticiones a los ídolos obedecen a estrictos intereses personales. Pero el criterio que tiene el discípulo se asienta en la bondad de Dios por una parte, y en su silencio ante la oración de Jeús en el huerto de los Olivos y en la cruz, por otra. Estos dos silencios confirman que Dios no se reduce a satisfacer los deseos, por muy legítimos que sean, y a remediar las carencias humanas. La prueba es que no escucha la petición de su hijo Jesús para que le salve de la cruz ni doblega a los que le ajustician, que creen encima que defienden al Dios legítimo: «Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz» (Mt 27,40).

 

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