Del profeta Isaías
«Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y Jerusalén: Al final de los días, estará firme el monte de la casa del Señor en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas. Hacia él confluirán los gentiles, caminarán pueblos numerosos. Dirán: Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob. El nos instruirá en sus caminos, y marcharemos por sus sendas. Porque de Sión saldrá la Ley, de Jerusalén la Palabra del Señor. Será el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra. Casa de Jacob, ven, caminemos a la luz del Señor».
Isaías vive en Jerusalén hacia el año 750. Son años espantosos para el reino de Judá. Desde el Nor-Este, el temible imperio asirio es una terrible amenaza para Siria, Israel y Judá. Los asirios lo destruyen todo, son unos guerreros sanguinarios. Pero, peor aún, Isaías ve que el Pueblo y sus reyes no son fieles al Señor, no cumplen la Ley… y teme que van a ser destruidos, como castigo por su infidelidad. En medio de tanta angustia, Isaías tiene sin embargo el valor de anunciar al pueblo que, si son fieles al Señor, el final será el triunfo, el triunfo del Señor: Jerusalén será restaurada, se venerará al Señor en su santo templo, y el pueblo será «El Pueblo Santo», «El Pueblo de Dios», que será luz de las naciones. Entonces vendrá la paz. Dios reina sobre todas las cosas. Pero no es un reino exterior, un estallido de poder. Tampoco es un triunfo político de Israel, aunque el pueblo de Israel lo creyó a veces así. Se trata de que Dios reina en los corazones humanos, instruidos en sus caminos
De la carta a los Romanos
«Daos cuenta del momento que vivís; ya es hora de espabilarse, porque ahora vuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Vestíos del Señor Jesucristo y que el cuidado de vuestro cuerpo no fomente los malos deseos».
Nos da igual cuándo se va a acabar el mundo. Hasta podemos decir que nos da igual también cuándo se va a acabar nuestra vida. Lo que nos interesa es que se va a acabar. En este texto se da una versión muy bella del final. El final no es pasar de la luz a la oscuridad, sino al revés; el final es que se acaba la noche y llega el día. Precioso: esta vida es la noche: la muerte de cada uno – y el final de este universo quizás – es el amanecer, la llegada del día, de la luz, que es Dios. Esto cambia todos los valores. Todo lo que apetecemos tiene un valor muy relativo, porque se acaba. Pero la vida no se acaba. Entonces, ¿para qué vivimos? ¿Cómo hay que vivir?
Del Evangelio de Mateo 24, 37-44
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. En los días antes del diluvio, la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: dos hombres estarán en el campo, a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo, a una se la llevarán y a otra la dejarán. Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre».
1.- Texto. Mateo afirma que el Hijo del hombre vendrá (cf Mt 24,4-36), pero no se sabe el momento; llegará de una forma imprevista. Por consiguiente, la venida del Señor no necesitará de una preparación previa de la humanidad, ni se avisará desde lo alto de los cielos por los ángeles. Como se hace presente ahora por la oración, la Palabra, la Eucaristía y el amor a los pobres, así vendrá para clausurar la historia. Lo importante es vivir al Señor en las relaciones cotidianas. Entonces no extrañará a nadie cuando venga de una forma definitiva, porque siempre se habrá esperado su presencia plena: del encuentro eucarístico o en los pobres a la manifestación de su persona gloriosa.
2.- Mensaje.- Jesús aconseja que estemos atentos, que velemos ante su venida. Estar en «vela» es mantener la relación viva con él mostrando la fe con obras permanentes de caridad. Velar es dar frutos de buenas obras cumpliendo la voluntad divina de no separarnos de la relación fraterna con su Hijo, que es la relación fraterna con todos los hombres, reconociendo su dignidad de hijos de Dios. Velar es ir asumiendo poco a poco en nuestra vida la estructura paterno/materna del origen de la creación y de la cohesión de todo lo creado por la relación de hermanos.
3. Acción. Vivimos en una sociedad de valores contrapuestos, de mesías que ofrecen la felicidad y la salvación permanente. No es tan fácil, pues, acertar con el camino en el que vendrá el Señor. La fidelidad al Señor es compleja, con tantas tentaciones, confusiones y seducciones, porque todas se presentan como el bien definitivo que necesitamos para alcanzar la vida verdadera. Lo cierto es que debemos esperar a Jesús con paz interior por la seguridad que nos da la práctica de un amor gratuito. La vigilancia no nos debe llevar a la tensión interior o inquietud exterior, sino a la serenidad de sabernos queridos y amados por el Señor, que se acerca para llevarnos definitivamente con Él.