de Elena Conde Guerri

Rápidamente se han ido diluyendo las luces navideñas, los vertiginosos circuitos adquisitivos y la emoción de los regalos de los Magos con la misma naturalidad con la que entraron en nuestras vidas. Y en el ciclo litúrgico del Tiempo Ordinario, quienes en estas semanas de aparente sosiego nos atrevamos a hacer un  pequeño balance de lo que fue o no positivo, podríamos preguntarnos cómo ha sido la naturaleza de nuestros síes en estas fechas pasadas cuya enorme trascendencia espiritual muchos se empeñan en nublar.

He escrito bien. Síes, el plural de sí, con acento, adverbio que afirma, rotundo y antagónico del no. El sí, dado su significado, impone, a veces asusta, hasta nos hace vacilar al pronunciarlo e incluso retroceder porque conlleva un compromiso, un hacer que implica a toda nuestra persona y responsabilidades con independencia de lo que se nos plantee. Probablemente sea uno de los monosílabos con mayor carga existencial, emocional y  perturbadora de todos. En obras literarias, en  composiciones musicales y en otros ámbitos que exceden el meramente personal, se ha empleado el sí como  afirmación y reivindicación de lo justo y deseable. Por abreviar, se me ocurre, por ejemplo, El sí de las niñas del dramaturgo Leandro Fernández de Moratín en que unas jovencitas reclaman su derecho a elegir libremente al compañero de su vida ante la normativa de los matrimonios concertados, propia de la época. El sí reiterativo,  aunque implícito, que gritan las palabras de Madame Butterfly con una esperanza inmarcesible pero  ilusa en su raíz, en el regreso de su amado Pinkerton. (Aria Un bel dia vedremo de la ópera de Puccini). Hasta en la publicidad un perfume de Giorgio Armani,  Gió, se promociona con un SÍ, sí a la vida y a todas sus bondades. Es increíble que un monosílabo, apenas un soplo fonemático, pueda encerrar tanta trascendencia. Por ello se pronuncia en los momentos clave y estelares de nuestra vida que pueden cimentar  nuestra felicidad personal o profesional y, es más, infundirnos la savia de la plenitud eterna para quienes somos cristianos. En la vigilia Pascual renovamos las promesas de nuestro bautismo y respondemos sí creo a las preguntas sobre las verdades fundamentales de nuestra fe que en aquel momento pasado nuestra vida incipiente nos impedía razonar. Ante la persona que caminará siempre junto a nosotros en la aventura íntima de la vida, proclamamos sí quiero, al igual que públicamente se expresa en actos o ceremonias oficiales de marco colectivo. Son los síes solemnes que nos identifican y nos comprometen y que también nos emocionan.

Pero hay otros síes que anidan y se van desarrollando  en el santuario íntimo de nuestro yo  aflorando en su momento oportuno  para responder a preguntas, dudas y situaciones propias de nuestro entorno  sean banales o caprichosas o sean serias. Y esa respuesta, esa  postura no se enquista dentro de nosotros, siempre repercute, siempre afecta a otros, siempre desencadena. Cuántas veces por cobardía, por apatía o por presiones sociales, decimos un sí en lugar de un no. O bien cuántas veces no hemos tenido el valor de decir un no a las habladurías y a las manipulaciones de la verdad, cuántas veces hemos ensuciado la lealtad contraída pronunciando un no en lugar de un sí. Pedro lo hizo, él que fue llamado entre los primeros y echaba las redes junto al Maestro, él que intuyó que en Aquel amigo había algo más que una simple naturaleza humana, él que visceralmente estaba  dispuesto a dar la vida por su Señor, lo negó y tres veces. (Mt 26, 69 ss.  Mc 14, 66 ss. Lc 22, 54 ss.  Jn 18, 25 ss.). Pedro se achantó, fue ruin. Pero luego se adentró  en sí mismo y lloró amargamente y sus lágrimas debieron conformarse como escarcha del amanecer que, al fundirse semanas después, alumbró un arroyo de amor incondicional  que regaló a su Señor sus tres síes. (Jn 21, 15-17). Y esta vez su fidelidad fue hasta la muerte.

Sí, a lo largo de la historia ha habido muchos síes. Pero el SÍ por antonomasia, el emblemático, el trascendente, el arrollador en sus efectos, el generoso, el cristalino, el intangible, modelo absoluto de entrega a Dios, fue el sí de la Virgen María. La frase “hágase en mí según tu palabra” ( Lc 1, 38) debió de ser una  sacudida gozosa para toda la creación que ya previamente había creído en el sí vaticinado por Dios que todo lo sabe. Con ese sí empezó todo, todo lo que de hermoso, esperanzador y sanador puede prometerse a una humanidad mayormente doliente y extraviada. Al primer sí siguieron otros en la vida de esta joven madre que casi nunca entendía  nada, pero seguía cosida a la voluntad de Dios. Ante la visita de unos Magos más bien extraños que tuvieron el señorío de adorar (Mt 2, 11), ante la cruenta profecía de Simeón (Lc 2, 35), tragándose su angustia cuando el Niño no volvió con ellos en la caravana tras el viaje a Jerusalén (Lc 2,48), ante el desconcierto de unos novios en cuyas bodas se había acabado el vino y ella sugirió sin imponer (Jn 2,3), tantas otras ves que nunca sabremos y, cómo no, al pie de la cruz, partida en dos pero firme junto al Hijo amado (Jn 19,25).

Estos son tus síes, María. Desencadenantes de salvación,  no como los nuestros. Madre que has estado siempre con Él en los principales acontecimientos epifánicos de su vida. Sin tu primer sí no hubiera habido Encarnación ni tampoco Navidad, aunque para muchos esto suene extraño. Ese periodo donde la Luz triunfa y se nos asegura que el Cielo se abre para nosotros y celebramos con alegría y chucherías de todo tipo como niños pequeños, no habría existido. Gracias infinitas por ese sí, Virgen María. Infinito significa “lo que no tiene límites”. Tú me comprendes bien. No sabemos cómo era tu rostro o tu figura o tu apariencia aunque defendemos que tu pureza, fidelidad y hermosura interior tenían que iluminarte por completo.  Siempre he sido un poquito escéptica sobre las leyendas que atribuyen a San Lucas un esbozo tuyo. Innumerables artistas te han plasmado en pintura y escultura acomodando tu belleza a los más perfectos cánones de su tiempo. Personalmente, me costaría mucho elegir pero hoy y aquí elijo la escultura de Nuestra Señora de las Maravillas custodiada en la Iglesia homónima  (o de San Esteban)  y Convento de los PP. Franciscanos de Cehegín.   Allá por un  día del siglo XVIII el  fraile franciscano Francisco Moreno Pastor encargó una talla de la Virgen allende los mares. Fue el escultor napolitano Nicola Fumo quien realizó la imagen con el Niño que todavía hoy nos impacta y que llegó a Cehegín un 25 de julio del año 1725. Los querubines de su peana debieron inspirar sin duda ninguna  al artista. Más bien menuda pero armoniosa, la delicadeza de su ejecución en madera de cedro y la hermosura de su policromía y sobre todo de su estofado nos deja boquiabiertos. La actitud de María nos ofrece al Niño sedente en uno de sus brazos y que nos bendice  mientras la Madre nos mira. Una mirada peculiar pues, aun intensa, se irradia pudorosa bajo sus párpados suavemente entornados que parecen ratificar su perpetuo sí. Recibamos absortos ese sí. Una vez más el cordón Franciscano nos acerca a María. Por ratificación diocesana, este año 2026 es Año Jubilar en Cehegín hasta el 25 de julio.  La distancia geográfica es corta. Nos anime esto a visitarla, a venerarla y a bucear sin miedo en las profundidades de su corazón,  “un corazón tan grande que toda la Creación puede entrar en él”, en palabras del Papa Benedicto XVI pronunciadas en una Homilía del  2 de septiembre de 2012.

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